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Capítulo 18

18
DRAGÓN NEGRO

Fue el turno de la transformación de Adad.
Sakti supo que algo andaba mal porque lo sintió en el aire, aunque no logró que las damas de compañía ni los guardas le dijeran nada. La tenían encerrada en sus aposentos como una ordinaria princesita atrapada en una torre.
De repente las puertas se abrieron. Marduk estaba ahí, como no podía ser de otro modo. El príncipe extendió una mano y Sakti se levantó para tomarla. Las damas y el aya principal bajaron la mirada. Podían contener a Sakti siempre y cuando no se le metiera entre ceja y ceja que debía salir. Pero no podrían contener jamás a Marduk, que era tan decidido. Un guarda lo intentó:
—Señor —dijo—, nos han ordenado que...
Marduk lo miró y el guarda cayó al suelo. Se llevó un buen golpe a la cabeza aunque lo que más sonó en la habitación fue el estruendo de la lanza y el escudo que le resbalaron de las manos al quedarse dormido. Marduk miró a los demás guardas con una ceja arqueada, como preguntándoles si algún otro quería echarse a dormir. Ninguno le devolvió la mirada porque todos tenían los ojos pegados al suelo.
Sin más contratiempos, los príncipes salieron hacia los aposentos de Adad.
—Si fuese otra persona ya lo habríamos matado... —empezó a escuchar Sakti mucho antes de que llegaran.
—La ley dice que debemos hacerlo.
—¡Es un Dragón! ¡No podemos matarlo aún!
Sakti apoyó la cabeza en el hombro de Marduk. Se detuvo unos instantes a coger aire aunque bien sabía que tenían que llegar al lado de Adad cuanto antes.
—¿Dicen más mentiras? —susurró Marduk.
—No. —Sakti negó con la cabeza—. Hablan de matarlo. Contigo también lo meditaron, ¿verdad?
—No lo dicen en serio —respondió mientras retomaban el camino, Sakti apoyada en él por culpa del mareo que le provocaban las voces—. No nos matarán aún, Allena. No importa qué tan peligrosos seamos.
Los guardas les abrieron paso al llegar a los aposentos de Adad. Claramente tenían órdenes de no dejarlos pasar, pero Sakti descubrió que conforme pasaban los años se hacía más y más difícil que los guardas cumplieran alguna orden sobre los Dragones. Ella sabía que se estaban saliendo de control. Adad había comentado que si los tres se lo proponían podrían derrocar al Emperador, matar a todos los príncipes y tomar el control de Masca.
—Podríamos convertirla en nuestro reino de diversiones —había dicho con una enorme sonrisa—. Sería divertido.
Pero nunca movió un dedo para derrocar a nadie. Hasta el momento disfrutaba del acuerdo tácito entre el Emperador y los Dragones: él hacía la vista gorda a las faltas de sus sobrinos y ellos no se metían con él. Eso incluía no hacer planes para bajarlo del poder.
Pero no debía de ser nada sencillo soportar a esos tres sobrinos problemáticos.
Sakti había quemado a mucha gente. No solo en aquella hoguera memorable, sino también en los últimos años. Si chillaba podía convertir en una tea viviente a quien la hubiese ofendido. Como a una niña sirvienta que dejó caer la bandeja. Un paje y su amada, que hicieron el amor en la cuadra de los caballos de Sakti. Y, sobre todo, un buen número de damas de compañía charlatanas. Aunque esas solo fueron al principio, cuando Sakti se hizo lo bastante mayor para dejar las muñecas y tomar otras tareas mundanas más propias de una joven princesa. A estas víctimas, sin embargo, no las quemó con la voz. Al crecer dejó de ser propio matar con un chillido así que aprendió otra forma: tocarlas. Si se concentraba, con la punta del dedo podía dejar una marca sobre la piel de las víctimas; y esa marca se expandiría por el cuerpo convirtiéndolo en una escultura oscura como carbón y ardiente como brasas. Las nuevas damas de compañía eran más discretas y calladas; y con eso garantizaban conservar sus vidas.
Adad, por otra parte, estaba siempre sumido en una estela de misterio. Seguía siendo excéntrico con sus cortes y tintes de cabello, con sus macabras colecciones y también con sus eventos deportivos que, a pesar de ser extraños –como las carreras de obstáculos o las peleas de demonios– tenían sus adeptos. En apariencia era inofensivo si se lo comparaba a Sakti, pero a veces los sirvientes desaparecían. A veces los oficiales faltaban a sus guardias sin que nadie pudiera dar cuenta de ellos. Y aunque nadie lo dijera en voz alta todos sabían que era Adad, porque Sakti nunca escondía los cadáveres de quienes la ofendieron y Marduk tampoco.
De los Tres Dragones, Marduk era el que más asustaba. En el día a día era más fácil lidiar con él que con sus hermanos. Al menos los sirvientes estaban seguros de que si entraban a la habitación de hielo saldrían de ahí con vida. Pero cuando dormía... Dios, cuando dormía era distinto.
Lo llamaban La Sombra porque en las noches la gente juraba ver la silueta de un hombre de tinieblas con ojos púrpura que los miraba desde el rincón más profundo de sus sueños. Incluso hablaban de él en regiones lejanas a Masca. Marduk rara vez lastimaba a alguien. Pero si encontraban un cuerpo con las venas marcadas y los ojos teñidos por completo de negro, se sabía de inmediato que fue él. Nunca lo negaba.
—Tenía sueños perversos —era la única defensa que daba—. Lo maté antes de que pudiera hacer daño a alguien.
Y como más adelante se confirmaba que las víctimas eran criminales –asesinos, violadores, sicarios, extorsionistas– la gente lo dejaba pasar. Pero igual lo temían porque corrían rumores de que si veías en sueños tres veces al Tercer Dragón perderías la cordura. Entonces te convertirías en un criminal loco y La Sombra te mataría. Por lo menos Adad y Sakti no podían hacer daño más allá de Palacio, que era tanto su hogar como su prisión. Pero Marduk podía salir en sueños. Marduk podía estar en cualquier parte del mundo cuando cerraba los ojos.
—¡NO! —rugió Adad al fondo de la habitación—. ¡Vete! ¡NO ME TOQUES!
Siguió un chillido espantoso, que mezclaba el rugido de un Dragón, el llanto de un chiquillo y la desesperación de quién sabe cuántos hombres. Marduk y Sakti pasaron entre los sacerdotes, algún príncipe y el Emperador mismo, reunidos ahí para lidiar con la transformación de Adad. Fue fácil burlarlos porque los hombres retrocedieron en cuanto un intenso olor a carne quemada surgió del fondo de la habitación. Allí había una puerta ligeramente entornada, de la que salió un hombre cubierto de tizne. La ropa la tenía hecha jirones y el pelo estaba chamuscado, pero estaba vivo.
Se tambaleó de camino hacia el grupo de personas. Pasó entre Marduk y Sakti sin volverlos a ver y aún pasó entre el Emperador y los demás sin decir ni una palabra. Al fin se desplomó poco antes de llegar a la puerta exterior de los aposentos de Adad, en donde se hizo un ovillo y se echó a llorar.
El Emperador lanzó un suspiro de agotamiento tras ver la condición del único sobreviviente de ese intento fallido por contener a Adad. Vio al fin a Marduk y Sakti y asintió para dejarles saber que les daba permiso de ver a Adad ahora que habían agotado todas las alternativas. «No necesitamos tu permiso», pensó Sakti mientras ella y su hermano se adentraban a la habitación. «Podemos entrar a verlo porque es nuestro. Nos pertenece».
Las ventanas estaban tapadas aún por las gruesas cortinas que impedían el paso de la luz. Sakti no podía ver nada en la oscuridad pero sí oler. Se quedó inmóvil y con los oídos atentos. Esperaba que Adad fuese ya una larga serpiente emplumada y que estuviese enroscado en el techo del cuarto. Cuando Marduk corrió las cortinas y dejó entrar la luz, se encontraron a Adad en un rincón, entre la cómoda y la cama. Tenía la espalda apoyada a la pared y las rodillas recogidas y abrazadas contra el pecho. A Sakti se le partió el corazón al ver que lloraba.
—Me quemaron —sollozó Adad. El rostro lo tenía transfigurado en un hocico de escamas negras—. Les dije que no podían tocarme. Pero lo hicieron y me quemaron.
Al acercarse vieron las marcas que tenía en los brazos y las piernas. La ropa estaba hecha jirones, como la del soldado sobreviviente. Y ahí donde la ropa no lo cubría Adad tenía marcadas las manos de los oficiales. Algunas eran llagas en carne viva y otras eran ampollas que empezaban a supurar agua y sangre.
—Duele mucho —concluyó Adad, rendido.
—Lo sé. —Marduk llegó primero junto a él. Lo tomó en brazos para sacarlo del rincón y lo acostó en la cama con delicadeza, como si llevara a dormir a un bebé—. Ya estamos aquí. Ya nadie podrá quemarte.
Sakti se acurrucó al otro lado de Adad. Le dio un beso entre los ojos y sonrió al ver que el príncipe no se estremecía ni que sus labios dejaban una marca dolorosa.
—Te haré soñar —prometió Marduk.
—Y yo te cantaré —prometió a su vez Sakti.
Los Tres Dragones se enroscaron en la cama sin siquiera prestar atención a los cadáveres rostizados que Adad había apartado al otro lado de la habitación.

****

La transformación de Adad duró largas semanas. La torre del príncipe estaba prácticamente vacía, con excepción de los guardas alrededor de ella colocados allí para evitar que los curiosos perturbaran a los Dragones. Día y noche se escuchaban los gemidos de dolor de Adad. Marduk y Sakti comenzaron a asustarse porque no era común una transformación tan larga. Afortunadamente los cambios empezaron a revertir. Y aunque Adad todavía quedó convaleciente por varias semanas más, empezó a recuperarse.
Sakti y Marduk estaban con él día y noche. Se turnaban para salir a sus correspondientes habitaciones, con el fin de asearse o dormir unas cuantas horas sin los quejidos de Adad.
Fue en una de estas salidas durante la convalecencia de su hermano que Sakti conoció a Darius Tonare.
Avanzaba tranquila por el pasillo, sola. La única ventaja de la transformación de Adad era que no tenía que soportar a las damas de compañía. Si no estaba con sus hermanos, podía estar a sus anchas con su soledad. Los pasillos, sin embargo, nunca estaban solos. Siempre había guardas haciendo ronda, en especial en las torres de los Dragones. Los oficiales siempre estaban en parejas. Cuando Sakti se los encontraba inmediatamente ellos se colocaban al lado de la pared, se golpeaban el pecho e inclinaban la cabeza para dejarla pasar. Y alguno, de vez en cuando, la miraba de reojo una vez que Sakti había pasado.
En secreto disfrutaba esa mirada furtiva. Cierto era que jamás podría tener los encantos de su madre, pero su cuerpo ya había cambiado. Aunque era baja para su edad, tenía buena figura. Se daba cuenta de que los vestidos con talle en la cintura le quedaban muy bien y que si además llevaban encajes o hilos de plata hacían que su cabello se mirase de plata también aunque la luz fuera poco favorecedora. Notaba que las miradas de los pajes y de los hijos de los cortesanos iban a su pecho o a sus nalgas, siempre y cuando Adad o Marduk no estuviesen allí para intimidar a nadie. Le gustaba que la miraran porque siempre duraba el tiempo suficiente. No se la quedaban viendo hasta que la hicieran sentir solo un pedazo de carne, pero sí suficiente para que comenzara a sentirse mujer y no la chiquilla desgraciada por no ser el reflejo de su madre. Ahora empezaba a sentirse como su propia persona.
Un grupo de guardas se acercó a ella. Sakti no se detuvo pero los guardas –seis parejas– se acomodaron a los lados del pasillo para hacer toda la ceremonia al dejarla pasar. Tres personas más se quedaron en medio del pasillo, todavía avanzando hacia Sakti. Dos hombres dudaron qué hacer hasta que al fin llegaron a un sitio desocupado y se acomodaron a uno y otro lado, junto a los guardas, para imitarlos. «Nobles», supo Sakti por las finas ropas que llevaban. «Pero no de Masca. De afuera».
Creyó que el tercer hombre se acomodaría en alguna de las paredes poco antes de toparse con ella. Sin embargo, él siguió andando como si nada y pasó a su lado sin siquiera verla.
El estómago de Sakti se contrajo de la furia. ¡Qué atrevimiento! Giró sobre los talones al tiempo que los soldados y los dos nobles obedientes contenían el aliento.
—¡Psss! —llamó uno de los nobles en un susurro—. Daaaaarius...
—¿Qué? —llamó él mientras giraba. Tenía una expresión de tedio—. Fustus, Telius. Dejen de hacer el ridículo y avancen. No tengo tiempo que perder.
Ahora sí, su mirada cayó sobre Sakti. Era la primera vez que ella veía ojos mestizos. Le habrían parecido hermosos de no ser por la expresión del hombre: tenía la frente fruncida, los labios esbozaban una sonrisa de burla y en su mirada solo había desdén.
—¿Se te ofrece algo, renacuajo?
—¿Qué?
Los seis pares de soldados se arrodillaron y pegaron la cabeza al suelo. La voz de Sakti les puso débiles las rodillas, les punzó el corazón y les recomendó quedar fuera del rango de visión de la princesa so pena de acabar en una linda hoguera. Por su parte, los nobles no supieron qué hacer. Los dos que se habían acomodado junto a los guardas se apoyaron en la pared, tomados por sorpresa por la sensación en el aire al escuchar a Sakti a hablar. Era la primera vez que veían a la princesa y, sobre todo, que la escuchaban.
El tercer hombre, sin pared en donde apoyarse, tuvo que conformarse con las rodillas débiles. La expresión de desdén pasó a sorpresa y se quedó así un buen tiempo.
—Ah, eres la princesa Dragón. —Sakti apretó los puños. ¡Qué atrevido! Primero no se arrodillaba ante ella ¡y ahora la tuteaba!—. Como lo sospeché no te pareces en nada al bombón de tu madre, ¿eh? Aunque tampoco estás tan mal.
La miró de arriba abajo de manera escrutadora. Sakti no supo qué hacer. Era la primera vez que un hombre la veía abiertamente con tanto descaro. Ahora sí se sentía como un pedazo de carne en exhibición. Se sintió asustada y confundida, sin idea de qué hacer.
—Salvo el pelo y los ojos, eres de apariencia ordinaria. Y sin embargo haces lo extraordinario. Como quemar a un montón de gente inocente. Qué criatura tan detestable.
El hombre esbozó una sonrisa todavía más desdeñosa que antes, se inclinó sobre ella y estiró una mano para acariciarle el mechón de cabello que tenía por delante del pecho. Apenas sus dedos rozaron las hebras de Sakti, ella reaccionó. Con una mano apartó la de él, mientras que hizo un puño con la otra y la dirigió a la cara del mestizo. No sabía que supiera pegar ¡pero lo hizo muy bien! Le dio de lleno en la nariz.
No supo si fue porque le pegó con bastante fuerza o porque el mestizo todavía tenía las rodillas débiles, pero fuera como fuese logró que trastabillara un par de pasos hasta perder el equilibrio y arrodillarse delante de ella. Él se llevó una mano a la nariz y apretó los ojos, de donde le salían un par de delgadas lagrimillas.
—Recuerda tu lugar —espetó Sakti— que es por debajo del mío. Delante de mí tus rodillas pertenecen al suelo.
Dio media vuelta antes de que el hombre pudiera recuperarse y decirle algo más. Tuvo la sensación de que era de esos hombres ingeniosos que siempre salían con una respuesta y no quiso darle el placer de la última palabra.
Fue hasta que llegó a sus aposentos que se percató de que fue muy misericordiosa con él. Había quemado a gente por alabarla. ¿Cómo era que a este sujeto, que la había humillado sin sonrojarse, lo dejaba ir con un simple puñetazo? Ahora que estaba libre de la influencia de esa mirada mestiza el miedo fue sustituido por furia. ¡La manera en que la miró! ¡La forma en que le habló y trató! ¡Y ay, cómo le dolía la mano!
Los nudillos estaban rojos y los del centro hasta estaban descarapelados. Toda la mano le palpitaba. Estiró los dedos –todavía formaban un puño– pero le dolieron mucho. Estaban tiesos como si la furia de Sakti los hubiese tensado en esa posición de combate por el resto de la eternidad. Fue humillante pedir ayuda al aya para que le curara la herida. Sobre todo porque no quería admitir que un cualquiera la había ofendido y que ella le pegó. ¡Habría sido más honroso pedir a uno de los doce guardas que le pegaran por ella!
Recibió otra mala noticia: el Emperador citaba a toda la Familia Real a la Sala del Trono. Los Dragones también estaban invitados, pero solo Sakti podía asistir. Adad tenía otro acceso de dolor y una nueva ola de transformaciones. Ya no perdía la cabeza como en las primeras semanas, pero los músculos y huesos le crecían a un ritmo que daba miedo. Cuando se ponía así el único que podía sostenerlo era Marduk porque el Tercer Dragón podía aumentar de tamaño y transformarse también para acurrucar a Adad. Cada vez que eso pasaba Sakti solo podía quedarse a un lado, impotente por ser incapaz de ayudar.
No le gustaban las reuniones familiares pero le gustaba mucho menos ver a alguno de sus hermanos sufrir. En todo caso se propuso enviar una negativa hasta que el aya le explicó que la reunión era de carácter oficial: nobles y cortesanos también asistirían. Incluso el Salón del Trono había sido reacomodado para que en lugar de una sala de audiencias fuera un salón de fiesta.
Con un nudo en el estómago, Sakti se dejó bañar, peinar y vestir. Por lo general las doncellas se conformaban con darle una apariencia encantadora sin ser despampanante; porque aunque nadie lo dijese en voz alta hasta la misma Sakti admitía que «ser despampanante» era territorio de Istar. Por más que las doncellas se esforzaran con la princesa Dragón, ella siempre palidecería en contraste con su madre. No había caso en intentar competir con ella en apariencia porque perdería. Lo mejor era admitir con humildad que nunca podía haber competencia entre ambas.
En esa ocasión, sin embargo, hasta las damas de compañía buscaron lucirse. Era inapropiado que asistieran a la reunión mirándose más hermosas que su señora, así que se esforzaron un poco más con Sakti con el fin de ampliar el rango de belleza de ellas mismas. Sakti calló a pesar de notarlo y volvió a callar cuando, una vez en el Salón del Trono, vio que las damas de compañía de su madre también se habían superado a sí mismas. Hasta las sirvientas, que atendían las mesas y llevaban bocadillos a los sillones acomodados al lado de las paredes, se habían esforzado un tanto más que de costumbre: llevaban broches de piedras en las blusas, o collares, o peinetas con forma de plumas, cisnes o pavo reales.
Al poco tiempo llegó el homenajeado de la fiesta. «Por supuesto», pensó Sakti al tiempo que giraba los ojos por su mala suerte. «Tenía que ser él».
Las damas de compañía estiraron los bonitos cuellos hacia el recién llegado. A uno y otro lado del salón, la princesa vio ojos femeninos fijos en la figura bien vestida y gallarda que avanzaba hasta situarse a unos pasos del Trono, donde por lo general se acomodaban los solicitantes de una audiencia con el Emperador. Un sacerdote y dos sacerdotisas se acercaron con una pila de plata con agua. El Emperador citó la fórmula de protocolo a la vez que el sacerdote bañaba la cabeza del nuevo General.
Así Sakti aprendió que el nombre de ese sujeto era Darius Tonare. Está demás decir que la unción de Darius se debía a la muerte «repentina» del antiguo General Tonare.
Sucedió algo curioso y a la vez desesperante después de que Darius hiciera su última reverencia al Emperador. El monarca, bastante satisfecho del proceso, pidió un aplauso para el homenajeado. Darius se giró entonces para encarar a los invitados y sonrió. La ola de aplausos que lo recibió fue tan grande y avasalladora que pareció que el sonido reventaría las paredes del salón. Aun así ni semejante recibimiento fue suficiente para tapar los suspiros colectivos de las damas de compañía, las pocas cortesanas y las sirvientas por igual. Entre todas estuvieron a punto de acabar con el oxígeno del salón.
Esta fue la parte desesperante que hizo que Sakti volviese a girar los ojos. La parte curiosa fue notar que, al otro lado del salón, su madre hizo exactamente lo mismo. Istar también reparó en el gesto de Sakti y las dos se quedaron confundidas al encontrar un punto común en ambas.
—Ay, ¡es tan guapo! —suspiraban de vez en cuando las doncellas de Sakti. Con gusto habría vuelto a girar los ojos pero ya le dolía la cabeza de tanto hacerlo.
Mientras Darius iba de mesa en mesa y de sillón en sillón a saludar y presentarse a los cortesanos y nobles –siempre seguido de los dos amigos que lo habían acompañado en aquel pasillo– Sakti lo estudió. Muy a su pesar tenía que admitir que era un joven apuesto, lo que la enfadaba y humillaba más. La enojó también comprender que no se podía deshacer de él con la misma facilidad con que se deshacía de las sirvientas y las damas de compañía. Seguro que borrarlo del mapa equivalía a meterse en dominios del Emperador y ella no quería violar el pacto silencioso entre los Dragones y el monarca.
Observadora como era notó que Istar se escabullía cada vez que estaba en peligro de que Darius le hablara. La bella princesa fingía que iba a hablar con uno u otro noble, o se pasaba de sillón y mesa cuando creía que nadie la veía. Pero le era complicado escaparse porque sus doncellas estaban atontadas mirando a Darius. Finalmente el joven General la alcanzó en un sillón muy cercano al de Sakti, lo bastante como para que pudiera escuchar el intercambio.
—Alteza —saludó él con una sonrisa preciosa que no le llegó a los ojos. Las doncellas de Istar suspiraron tanto que seguro se caerían desmayadas de un momento a otro. Por la fría mirada de Darius, Sakti supo que él ni las volvería a ver.
—Bastardo —saludó a su vez Istar con tono ácido.
Si nadie más lo notó fue a causa de los suspiros de las mujeres del salón, que pese a estar muy pendientes de Darius no se daban cuenta de nada. El mestizo procuró mantener la compostura pero la sonrisa se le borró de la cara. Sakti, en cambio, se permitió una sonrisilla. Nunca creyó que su madre fuese capaz de entretenerla con ese lenguaje.
—Espero que mi hija esté bien bajo su cuidado —comentó Darius en tono glacial.
—Perfectamente —lo atajó Istar a la vez que abría el abanico.
La princesa giró el rostro y empezó a hablar con una de sus damas, que en realidad no le prestó atención por mirar a Darius. Sin embargo, el truco funcionó: Darius comprendió que no era bienvenido y se retiró. Lamentablemente, al girarse vio a la única persona que le quedaba por saludar.
La sonrisa de Sakti se borró. Tuvo que hacer un esfuerzo muy grande para no girar los ojos porque sus damas soltaban suspiros hasta el punto de hiperventilar. Les faltaba poco para saltar en el sillón y tomar el lugar de la princesa, porque era ella el objetivo de la mirada de Darius. El mestizo la miró otra vez de pies a cabeza. Sakti quiso volver a pegarle, pero quizá precisamente por eso Darius fijó los ojos en la mano vendada y sonrió. Ahora que lo tenía tan cerca, veía que Darius tenía un pequeño corte en la nariz pero no estaba hinchada ni sonrojada. O se había puesto una buena cantidad de hielo o el golpe que Sakti tanto disfrutó no fue nada fuerte.
—Quién diría... —musitó Darius a la vez que se arrodillaba delante de Sakti y le tomaba la mano antes de que ella pudiera apartarla.
Dios, ¡cómo detestó ese momento! Más porque las mismas mujeres que no se percataron del trato frío de Istar ahora sí que se percataban de la galantería de Darius. Y, desde luego, detestaban a Sakti por ser blanco de esa atención. Sakti frunció la frente. Darius se salió con la suya en el pasillo pero no lo haría ahora. No dejaría que volviese a humillarla. Pero antes de que pudiese decir nada o apartarlo, él susurró:
—En verdad no te pareces en nada a tu madre. Eres mucho más agradable que ella —después besó la mano lastimada de Sakti sin despegar la mirada del rostro de ella, claramente para estudiar el efecto de sus palabras.
Sakti contuvo el aliento y mantuvo la expresión impasible. Era buena en eso. La gente la creía poco tolerante pero en realidad se contenía más de la mitad de las veces cuando escuchaba mentiras y horror. El palacio estaría ahora desierto si hubiese estallado cada vez que alguien la ofendía con esas palabras manchadas.
Era precisamente por lo contrario que era capaz de mantener un rostro neutral en ese momento. Las palabras de Darius no estaban manchadas. Él no hacía ruido.
Pensó en el intercambio que tuvieron en el pasillo. Sin dudas Darius fue un idiota. La llamó «renacuajo» y «criatura detestable», pero también le dijo que «no estaba nada mal». Y en ninguna de esas frases hizo ruido.
Darius frunció ligeramente la frente. Sakti notó el gesto pero se negó a hacer nada que lo revelara. El mestizo la estudió un par de segundos más hasta que, cuando devolvió la mano al regazo de Sakti, se acercó ligeramente y le susurró para que nadie más lo escuchara:
—Creo que voy a hacerte mía.
Sakti no se pudo contener y le giró los ojos. Semejante idiota.
—Allena —llamó el Emperador.
El monarca no miraba la actividad desde lo alto del Trono, como era habitual en él, sino que también avanzaba entre la multitud saludando a sus nobles y cortesanos. Sakti lo conocía muy poco y no tenía idea de si aprobaría la galantería de Darius o la condenaría. El Emperador la sorprendió al ignorar por completo el intercambio entre la princesa y el General.
—Haznos el honor de cantar —pidió—. Nuestro invitado me ha dicho que tenía muchas ganas de escuchar alguna de tus canciones.
Darius sonrió de nuevo. Las damas de compañía estaban al borde de las lágrimas de la emoción pero Sakti estaba disgustada. «Sus palabras no hacen ruido. Pero esa sonrisa está manchada». Veía desdén y orgullo muy mal disfrazados en todos los gestos del mestizo.
Sakti apartó por completo la mano y se levantó. Por un momento el Emperador temió que la princesa se marchara sin acatar la orden y, por tanto, que lo humillara delante de la Corte. Pero Sakti se mantuvo firme en su lugar, altiva pese a que si Darius se levantaba perdería parte de la grandeza que quería plasmar en la memoria de todos los asistentes.
Cantó. Cortó los suspiros por Darius como si el aire fuera una tela y la voz de ella una tijera larga y filosa. Todas las miradas estaban pendientes de ella, atentos a sus palabras. Por el rabillo del ojo vio las expresiones de los guardas apostados en la puerta y alrededor de la habitación. Vio el temblor de los labios de los hombres; el horror y el placer de los cortesanos; los hombros tensos de las sirvientas; la palidez de algunos rostros, el sonrojo de otros; el sudor que bajaba por las narices y frentes; las bocas abiertas de par en par y los ojos en blanco de buena parte de las damas de compañía, como si estuviesen perdidas en el placer.
Su voz subía a lo alto del techo con tonos agudos propios de los ángeles; o reverberaba contra las paredes y en el interior de los cuerpos como un eco de las cavernas. Objetivamente nadie podía negarle que cantaba muy bien, como si en lugar de una sola voz tuviese varias. Como si ella misma fuese todo un coro. Pero las canciones de Sakti iban más allá de la escucha atenta y objetiva, porque no habrían sido las mismas canciones sin el poder de la voz. Así como parecía que Sakti tenía varias voces, soltaba también varias emociones en la variedad de los tonos.
Podía despertar el amor, provocar el placer corporal y hacer cosquillas en el corazón de la gente; podía, también, lanzar el horror, provocar la envidia y la duda. Descubrió esto en una de las tantas ocasiones en que las ayas y niñas de juegos le lanzaron palabras sucias. Quiso devolvérselas y como resultado aprendió que con su voz podía transmitir la misma mancha. No necesitaba mentir para hacerlo. Solo bastaba con querer lastimar como la habían lastimado a ella.
Esa noche su canción mezcló la dulzura con la crueldad. La belleza con la fealdad. Y el placer con el horror. Se concentró más en lo malo que en lo bueno. Pero cuando notaba que los oyentes no podrían soportar más la canción, que se tapaban los oídos o se preparaban para echar a correr sobre esas piernas debilitadas, les traía dulzura y placer. Los volvía a clavar en sus sitios y, cuando menos se lo esperaban, volvía a cantarles de horror y tortura. Lo soportaban porque la voz de Sakti era como una droga. No les hacía bien pero al mismo tiempo la anhelaban.
Para cuando Sakti concluyó el salón quedó en silencio por un par de segundos hasta que todos juntos, en coro, lanzaron vítores que parecían rugidos y aplausos que sonaban a tambores de guerra. Los había excitado como si fuesen leones delante de una presa herida.
Al único que Sakti vio fue a Darius. Quería ver el poder de su voz sobre él. Todo lo malo se lo dedicó a esos ojos mestizos que la miraban con desdén mientras que lo bueno de la canción fue un premio de consolación para los demás oyentes que quedaron atrapados en una tonada casi letal. La princesa esperó que Darius la mirara con el rostro pálido o que se marchara al baño sobre piernas temblorosas para vomitar de la impresión. Hizo todo lo posible por dañarlo y vengarse de la ofensa en el pasillo y del dolor del puño.
Todo en vano.
Darius sonrió. Su rostro tenía un rubor modesto y sano, pero sus ojos refulgían como si tuviera fiebre. Aprovechó los vítores ensordecedores para decir algo a Sakti con total libertad. La princesa no escuchó las palabras del mestizo pero sí leyó sus labios. No le pudo girar los ojos para rechazarlo porque la mirada de él clavó una estaca ardiente en el estómago de ella. En cierta forma, los ojos de Darius eran como la canción de Sakti: mezclaban lo bueno con lo malo, de la misma manera que mezclaban el verde esmeralda con el azul zafiro. En esos ojos había tanto deseo como desdén.
«Te haré mía» prometieron los labios de Darius. Sakti apretó las manos, incluso la que le dolía, para convertirlas en puños y luchar contra esas palabras. Poco sabían ambos que esa noche sellaron un pacto de eterna lucha.

****

Durante la primera estadía de Darius en Masca, Sakti notó sus andanzas. La princesa estaba ocupada en el cuidado de Adad pero no por ello se había vuelto ciega. Cada vez que regresaba a sus aposentos notaba la ausencia de alguna dama, el rostro hinchado de alegría de otra y las miradas perdidas en ensoñaciones. Alguien cortejaba a sus damas y estaba casi segura quién.
Cierto era que a Sakti la habían escudado demasiado toda la vida y que la habían alejado tanto como fuese posible de los rumores carnales de los sirvientes y cortesanos. Pero ella era hermana de Adad y el príncipe nunca le escondía nada. Así como Adad fue el primero en explicarle que sería mujer de Marduk –y todo lo que eso implicaba– Adad también le explicó que al ser el Dragón Solitario se daba placer cada cierto tiempo. Sakti y Marduk conocían los horarios de las visitas de Adad y se solidarizaban con él al dejarlo con sus conocidas.
Aunque Sakti amaba a su hermano con todas sus fuerzas, admitía que Adad no se comportaba bien con las amantes. Dejaba de llamarlas cuando se aburría de ellas y rara vez se aprendía sus nombres. Si algún día Marduk trataba a Sakti como Adad hacía con las amantes, la princesa quedaría hecha pedazos.
Así, pues, Sakti reconoció de inmediato el tipo de hombre que era Darius. Como supuso, a las pocas semanas de ver caras sonrojadas de felicidad vio rostros hinchados de lágrimas.
—Qué idiotas —soltó un día, exasperada, mientras dos de sus damas se miraban fijamente a los ojos con furia.
Una taza rota y triste estaba tirada en el suelo en medio de ambas. Estaban tan enfadadas la una con la otra que, con tal de no tocarse, se pasaron mal la taza de té y la dejaron caer. Sakti estaba molesta. Le gustaban los juegos de vajilla y ahora tenía uno incompleto gracias a ese par de idiotas.
—Sabían que estaba viendo a las dos —les dijo con frialdad—. Fueron unas imbéciles por creer que dejaría a una por la otra, cuando desde el principio era claro que se burlaba de ambas. Al final las cambió por alguien más, ¿verdad? O por algunas más. Esas también son idiotas —y miró a otras jóvenes damas de compañía recién agregadas al círculo de Sakti. Las muchachitas se sonrojaron, conscientes de que la princesa hablaba de ellas.
—¡Qué fácil para usted decirlo! —soltó una de las primeras mujeres despechadas—. ¡Él la desea a usted!
El silencio cayó a la vez que las mujeres bajaban la vista, presintiendo las próximas palabras de Sakti. ¿Enviaría a la dama insolente a un castigo con Adad? No, el príncipe todavía convalecía. ¿Con Marduk, entonces? Quizá. ¿O la castigaría ella misma? El cristal con las pesadillas de la hoguera todavía estaba expuesto en el salón de estar de Sakti, en lo alto de un pedestal justo en la pared contraria a la puerta de entrada para que todo el mundo lo viera.
Sakti contuvo un suspiro de tedio. No quería soltar ni un suspiro por culpa de Darius. Tampoco quería gastar más palabras en ese asunto. Despachó a la dama con un gesto de la mano, sin volverla a ver. Debía de ser suficiente para que todas entendieran: a Sakti le valía un pepino si eran lo bastante tontas como para caer por Darius. Pero no dejaría que por culpa de él le faltaran el respeto. Eso incluía romper tazas de té o gritarle.
La dama se retiró a sabiendas de que tuvo suerte de que Sakti no la inmolara. La suerte, sin embargo, se le acabó unos días más tarde. Sakti lo supo cuando recibió la visita más improbable del mundo. Cuando anunciaron a su madre apenas tuvo tiempo de acomodar sus nervios y pensamientos. Le avergonzaba saber lo nerviosa que la ponía Istar pero la consolaba ser buena en esconder sus sentimientos. Logró fingir la tranquilidad de siempre cuando su madre se sentó por primera vez frente a ella.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Istar.
Sakti escuchó el rencor. El desprecio. A veces, cuando pillaba la voz de Istar al otro lado del jardín, o al otro lado del salón o al otro lado del pasillo, escuchaba los tintineos de dulzura que hacían que tantos cortesanos estuviesen enamorados de ella en secreto. Qué idiota era. ¿Por qué creyó que escucharía algo ligeramente similar en las primeras palabras que su madre le dirigía en toda la vida si sabía hasta dónde llegaba el desprecio que Istar sentía hacia ella?
—Tendrá que ser más específica, madre —respondió Sakti mientras tomaba la taza que las sirvientas colocaron en la mesita—. En este momento tomo té, pero no creo que se refiera a eso, ¿verdad?
Istar chupó los dientes. Fue un gesto atípico de la preciosa princesa que todo el mundo veneraba, aunque Sakti sospechó que el comportamiento público de Istar era una cortina de humo para esconder su verdadera naturaleza. Tal vez la visita no era tan mala después de todo. Conocería un poco de Istar que no muchas otras personas llegarían a saber.
—Selmi Luyra está muerta —dijo Istar con ojos de acero fijos en Sakti.
En una esquina una dama de compañía jadeó y se llevó la mano a la boca. Si a Sakti le hubiese importado se habría dado cuenta de que era la misma dama que rompió la taza de té aquel día.
Istar esperó alguna reacción de parte de Sakti pero al no recibir ninguna entrecerró los ojos y apretó los labios.
—¿No sabes quién es? —preguntó con un dejo de incredulidad.
—Supongo que me lo va a decir.
—Era una de tus damas. La despediste hace unos días por romper una taza.
—Ah, sí. Creo que ya recuerdo —respondió Sakti antes de beber unos traguitos de té. Como no hizo ningún otro comentario Istar se impacientó.
—¿No vas a preguntar cómo murió ni por qué?
—Supongo que me lo va a decir —repitió la princesa Dragón.
Además de que no le importaba ni un pepino la suerte de una dama de compañía, tampoco era muy diestra en el arte de la conversación. Sus damas lo sabían muy bien y ya no esperaban ninguna respuesta de parte de ella. De hecho, si podían evitarlo ni siquiera le hablaban. Con los gestos y las miradas era suficiente para comunicarse con ella.
—Estaba embarazada y el padre la mató antes de que lo anunciara.
Sakti giró ligeramente los ojos. Por eso decía que sus damas de compañía eran unas idiotas. Apenas podía entender por qué caían en la seducción de Darius. Menos podía explicarse cómo eran tan imbéciles como para no tomar precauciones y evitar el embarazo. Darius era un Tonare. Los hijos Tonare matan a sus padres para tomar su lugar, y por eso los padres Tonare buscan matar a sus hijos antes de que puedan siquiera levantar una espada. Cualquier mujer con dos dedos de frente entendería las consecuencias de quedar embarazada de un niño Tonare.
—Si Selmira no lo anunció ¿cómo lo sabe usted, madre?
—¡Se llamaba Selmi! —la corrigió Istar—. Y lo sé porque tengo todo de lo que careces. A mí sí me importa la gente. Y por eso mis damas y hasta las tuyas saben que pueden contar conmigo para protegerlas. Selmi buscó mi ayuda pero él la atrapó antes de que pudiera dársela.
Istar le explicó con detalle la situación en la que se encontraban: el General Montag logró salvar a tres cachorros de Darius antes de que él los encontrara. El mayor estaba bajo el cuidado del General, mientras que los mellizos –una niña y un niño– estaban en el Templo de las Doncellas bajo la protección de Istar. Darius sabía que Istar tenía la tutela de la niña, pero no sabía del hijo mayor ni del mellizo.
—Tarde o temprano se dará cuenta de que el mayor está con el General Montag. Pero espero esconder al mellizo un poco más. Es un niño precioso. Ni siquiera las sacerdotisas saben que se hace pasar por una estudiante más.
—¿Por qué me dice esto?
Aunque Sakti tenía un oído excelente para pillar rumores, esta era la primera vez que escuchaba de los cachorros de Darius. Lo que significa que Istar –y también sus doncellas– eran discretas en extremo. ¿Por qué la harían parte de un secreto tan bien guardado?
—Como señoras es nuestra responsabilidad cuidar a nuestras sirvientas —explicó Istar con dureza—. En especial cuando se las está usando para hacernos daño. —Miró a Sakti con reproche, juzgándola—. La única razón por la que se acerca a tus damas es porque te desea. Quiere usarlas para llegar a ti. Cree que si gana tu favor la tendrá más fácil para entrar al Templo de las Doncellas y matar a Zoe. Y lo cierto es que si de verdad ganase el favor de un Dragón, cualquier Dragón, podría hacer lo que quisiera. Tú solo eres la más fácil de ganar porque puede seducirte.
El estómago de Sakti se contrajo con un recuerdo de la furia que sintió en la presentación en sociedad de Darius. La manera en que él la miró, cómo le dijo que la haría suya... No. Jamás permitiría que semejante hombre la poseyera. Además, ella ya estaba destinada a alguien más. Desde el principio no podía elegir a alguien que no fuese Marduk.
—Puede seguir intentándolo todo lo que quiera. No estoy interesada en semejante engreído.
—¿Y seguirás permitiendo que seduzca a tus damas? No se detendrá solo porque lo ignores un año, dos o tres. Seguirá intentándolo. Y mientras tanto muchas de tus sirvientas caerán por él. Que les rompa el corazón es lo menos malo. Pero que las embarace... Eso es otro cuento. —Istar miró a Sakti con determinación—. Debe detenerse. Hay que parar a Darius antes de que avance más.
Sakti bajó la taza de té. En la voz de Istar escuchó una mancha sombría, como del culpable que se lava las manos. Dios, ¡le iba a doler la cabeza! Si escuchaba mucho ruido siempre le dolía la cabeza.
—¿Qué pretende, madre? —preguntó tosca porque ya conocía la respuesta.
—Llama a Darius. Dile que aceptas su visita y sus intenciones. Y cuando esté contigo mátalo.
Algo debe quedar claro: Sakti no quería a Darius. Lo despreciaba por la manera en que le hablaba y miraba, tan distinto a cómo lo hacían Adad y Marduk. Ellos la veían no como si fuera una estrella en el firmamento, sino como si fuera todas las galaxias del Universo. Sakti ya tenía edad suficiente para comprender que los cortesanos, guardas y sirvientas la temían porque, tal y como las galaxias, ella tenía el poder para colisionar, destruir y empezar todo de nuevo. Pero incluso ese miedo correspondía en cierta manera con la adoración que sus hermanos le tenían. Lo que no correspondía para nada con la adoración y el miedo eran los ojos de Darius. Sakti no podía aceptar que el objeto de amor de Adad y Marduk significase tan poca cosa para otra persona. Ante la mirada del mestizo Sakti no era más que una bonita herramienta a la que podía meter mano a la vez que alcanzaba sus metas egoístas. Ni siquiera la temía. Solo buscaba usarla.
Pero con eso dicho hay algo más que explicar: por mucho que Sakti despreciara a Darius, odiaba aún más a Istar. Sí, al fin encontró ese odio latente dentro de ella. La ausencia de su madre, el anhelo no correspondido por conocerla, por hablarle, por significar algo más que una simple mancha en el paisaje. Cuando Istar le pidió ser un arma todo eso se transformó en lo único que podía llegar a ser: odio. Istar no era tan diferente a Darius pues ambos buscaban usarla. Pero con Darius podía tolerarlo un poco más porque al fin de cuentas ella no había surgido de las entrañas de él.
«La sangre es más gruesa que el agua», pensó Sakti. «Pero no más gruesa que el vínculo de las almas». Pensó que, de cierta forma, el vínculo más grande que compartía con Istar era el odio mutuo que se tenían. Y que si quería proteger ese único vínculo solo podía seguir alimentándolo.
—No. Yo no soy tu arma.
Se sintió bien liberarse del respeto que mantuvo por tanto tiempo al hablar a Istar. Ahora era libre de la princesa de cabello de melocotón. Era libre de la belleza y dulzura que no heredó y de los silencios prolongados.
—¡No entiendes! Hay que proteger a los niños. Si Darius no los mata antes, la maldición los alcanzará algún día y se convertirán en seres despreciables como él. También serán asesinos de niños. Pero si Darius muere por mano de alguien más la maldición podría romperse. ¡Entonces Zoe y Drake estarán a salvo!
—Tal vez deberías preocuparte menos por los niños de alguien más y empezar a preocuparte por los tuyos. No has ido a ver a Adad. —Los ojos de Istar se congelaron de nuevo. Ya no había rastros de la pasión con que defendió a los cachorros que escondía en el Templo de las Doncellas—. ¡Después de todo lo que él hizo por ti! Cuidándote todos los días, alimentándote, bañándote... Nunca agradeciste a ninguno de los dos por los cuidados de esos meses. Ni pediste perdón por lo que les hiciste. Por lo que nos hiciste.
Istar guardó silencio unos segundos, siempre con la mirada fija en los ojos de Sakti. La princesa Dragón se alegró al ver el asomo de las primeras lágrimas.
—Me prometieron que jamás te lo dirían. Lo... Lo intenté. Te enviaba a las niñas para que...
—Dejaste de enviarlas.
—¡Porque las matabas! —Istar se levantó con los puños apretados, las mejillas pálidas y la frente sudorosa. Sakti se quedó sentada sin ningún cambio en su rostro o sus maneras—. Fui una idiota por venir. A ti nada te importa. Eres la peor de los tres.
Sakti bebió té en silencio mientras los pasos furiosos de Istar se dirigían a la puerta. La escuchó aún después de que se marchara. La sintió. El corazón le latía al ritmo de cada paso lejano de Istar, con la misma intensidad. Sentía en las entrañas la retirada por los pasillos y los escalones de la torre. Y cuando al fin ya Istar estaba lo bastante lejos como para no intervenir, Sakti cerró ella misma la puerta del salón de estar.
Se encerró con las tres únicas damas que atendieron la visita de Istar.
Les sonrió como un carnicero antes de despiezar a un animal. Hubo gritos y llanto, súplicas e intentos de escape, pero todo fue en vano. Sakti bloqueaba la salida. Además, las damas al otro lado –las que se salvaron por no escuchar el secreto de los mellizos del templo– tampoco podrían abrir la puerta porque estaba cerrada desde adentro.
Aunque tampoco era como si le preocupara algún intento de heroísmo por parte de alguna de sus damas. Eran idiotas pero no tanto como para enfrentarla. Para cuando la princesa terminó el trabajo y abrió la puerta, encontró el salón aledaño completamente vacío. Las demás damas habían escapado.
No las volvió a ver. No echó en falta la ausencia y aparentemente tampoco nadie más, porque todavía pasaron dos semanas antes de que alguien encontrara los cuerpos en el salón de estar. Sakti no se había ocupado de ellos porque pasaba más tiempo con Adad que en sus propios aposentos. Además, los cuerpos no hedían. Eran solo estatuas de ceniza carbonizada, tan quebradizas y frágiles que se deshacían solas con el paso del tiempo. Si nadie las hubiese encontrado se habrían convertido en polvo. El único rastro que quedaría serían los vestidos cenicientos de las damas.
—Nuestro tío, Su Majestad, quiere saber por qué lo hiciste —preguntó el príncipe pelirrojo.
Era el más honesto de los que vivían en Palacio y el que menos ruido hacía. Por eso Sakti lo toleraba mejor y quizá por eso mismo el Emperador lo envió a revisar los cuartos del Primer Dragón. Sakti le sonrió.
—Solo estaba protegiendo un secreto de madre.
—¿Un secreto?
—Sí. Vino hace unos días a hablarme y me contó un secreto. Desafortunadamente no la puedo ayudar. Pero pensé que al menos debía asegurarme de que su secreto estuviese a salvo. Mis damas no eran lo que se dice «discretas». Tan solo les ayudé un poco para que mantuvieran la boca cerrada. Te agradecería, querido primo, si le dices a mi madre que no debe preocuparse. Su secreto está a salvo ahora.
Como era de esperarse, la vida siguió el ritmo habitual. Sakti siguió visitando a Adad. Harald entregó el mensaje a Istar y la princesa siguió evadiendo a Sakti. No hubo consecuencias para el Primer Dragón y, eventualmente, nuevas damas de compañía fueron enviadas para atenderla.
Pero al mismo tiempo la vida no siguió siendo la misma. Durante la convalecencia de Adad todo empeoró lentamente. Un día Marduk no llegó a su turno para cuidar de Adad. Marduk no era flojo ni olvidadizo por lo que Sakti temió que algo le hubiese sucedido. Tuvo razón. Marduk estaba enfermo.
Un par de guardas lo encontraron desmayado en un pasillo. Sakti escuchó el dictamen médico con el estómago hecho un puño: Marduk llevaba tiempo sin dormir y apenas comía nada, lo que significaba que estaba exhausto, desnutrido y deshidratado. Se culpó por no notarlo antes. Se había angustiado tanto por la convalecencia de Adad que no notó las ojeras de Marduk ni que los pómulos se le resaltaban más de lo normal. Quizá lo aludió a la preocupación hacia Adad pero no le parecía excusa suficiente.
Procuró entonces reivindicarse cuidando de Marduk pero había poco que pudiese hacer. Marduk se negaba a dormir, incluso si ella le cantaba. Apenas podía ver la comida y la mayoría de las veces, cuando sí comía, lo devolvía todo. Eran las pesadillas. Cuando Marduk cerraba los ojos las pesadillas del mundo entero le caían como una avalancha. Sakti lo veía retorcerse en la cama, incapaz de despertarse una vez que se había sumado en lo más profundo del sueño. Solo podía dormir sin sueños si se desmayaba o si le daban una medicina para el dolor que usualmente se usaba en caballos.
Sakti volvió a culparse cuando por estar pendiente de Marduk descuidó a Adad.
—Lamento mucho molestarla —le dijo un doctor nervioso desde la puerta de la habitación de Marduk.
Era de noche y el cuarto estaba a oscuras. Sakti esperaba en una silla junto a la cama de Marduk. Miró con ojos de plata al doctor, decidida a arrancarle la lengua si Marduk se despertaba por culpa de él. En cuanto el médico le dijo que Adad se había quemado y que enviaba a llamarla, Sakti se olvidó del enfado. Solo quedaba el miedo.
Corrió desesperada a la torre de Adad y pasó entre los doctores y sirvientes que esperaban en el salón de estar del príncipe. En la habitación de Adad había también dos doctores, aunque uno de ellos estaba cerca de la puerta sin saber qué hacer mientras que el otro estaba de cuclillas frente a Adad. El príncipe estaba en un rincón, envuelto en una sábana. Tenía los ojos fuera de órbita y miraba las manos fijas del doctor.
—No lo tocaré si no lo desea, Alteza —decía el médico con voz calmada—. Pero sería bueno que me deje ver la herida porque se le puede infectar si no la curamos a tiempo.
El corazón de Sakti se contrajo al ver la cara pálida y asustada de Adad. El príncipe excéntrico, carismático y alegre que tantas veces la había consolado... El hermano bueno y dulce que tanto la había cuidado... Todo él se había convertido en un niño asustado en una esquina oscura.
—Si lo toca lo va a quemar —dijo Sakti detrás del doctor.
Vio el estremecimiento del médico al oírla hablar. Ignoró la mirada de placer que el hombre le dirigió por encima del hombro; una mirada que le suplicaba una palabras más, un sonido más, siquiera un suspiro. Sakti se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que la voz de ella ya no tuviese ese efecto, sino que dejara solo espanto y terror.
—Mejor dígame cómo curarlo. Yo lo hago.
Una sirvienta lo había quemado cuando lo aseaba. La quemadura del brazo tenía la silueta vaga de una mano; la piel estaba abombada y húmeda, oscura como el carboncillo. Evidentemente era un accidente. La sirvienta solo hacía el trabajo que Sakti habría hecho si no se hubiese ocupado de Marduk.
Esa fue la primera de muchas veces que debió curar las quemaduras de Adad. Aunque los sirvientes estaban al tanto de que no podían siquiera rozar al príncipe, las quemaduras siguieron en aumento poco a poco. Pronto, la ropa y las sábanas también quemaban a Adad. Las heridas eran menos graves que el contacto directo con la piel de otras personas, pero igual daban salpullido y a veces provocaban llagas en la piel morena del príncipe.
—Duele tanto —lloriqueó Adad mientras Sakti le pasaba ungüento—. Son los pecados. Esa gente sucia y mala me hiere con sus malos pensamientos y deseos.
Adad también seguía quemándose porque, aunque sabía las consecuencias, de vez en cuando llamaba a una sirvienta para que lo amara. Aunque Sakti le frotaba la espalda, le besaba las mejillas y lo abrazaba con suavidad, el príncipe Dragón extrañaba las caricias de otras personas. Antes, cuando solo sentía los malos pensamientos o las tristezas ajenas, tenía la fuerza para soportarlo y a veces tenía también la suerte de encontrar mujeres que sencillamente quisieran complacerlo. Pero ahora incluso las más inocentes y dulces también lo quemaban con el roce de los dedos.
Se hizo difícil cuidar a dos enfermos en torres distintas. Descubrió que si ella hacía la ropa Adad no se quemaba. Así, pues, mientras velaba a Marduk Sakti cosía camisas y pantalones y se dedicó como nunca a tejer cobijas de lana para que Adad no pasara frío en las noches por no querer usar las sábanas. Y mientras curaba las heridas de Adad hacía listas de poemarios, cuentos y novelas para llevar a Marduk, leerle y provocarle el sueño. Se esforzó también en seguir cantando con la esperanza de que el poder de su voz sanara las heridas de Adad y espantara las pesadillas que acosaban a Marduk. Pero se hizo difícil, tan difícil. Sakti sentía flaquear su voz. En donde antes hubo miles de tonos ahora solo quedaba miedo y tristeza, desesperación y soledad.
Comenzó a sentirse sola. Atrás quedaron las cenas con sus hermanos. Los sueños a lugares lejanos y bellos. Las carreras de obstáculos. Adad se había encerrado en su torre para que el mundo no lo volviera a herir con sus roces. Marduk estaba prisionero en la suya porque no tenía ni fuerzas para caminar. Y Sakti quedó también atrapada, inmersa en el cuidado de sus dos hermanos porque no había nadie más capaz de protegerlos. Ellos solo la tenían a ella.
Así como sus hermanos enfermaron por el poder del tacto y de los sueños, Sakti se sintió caer lentamente por culpa del poder de la voz. Al hablar con los doctores de Marduk o las sirvientas de Adad, a Sakti le invadía la náusea. Percibía el miedo que le tenían, a veces el odio velado o también una perpetua frustración, como si Sakti tuviera la culpa de que sus hermanos estuviesen enfermos y ahora hubiese más restricciones para cuidar de los Dragones. Lo que más dolía y mareaba era el ruido, es decir, la mancha de la mentira.
Así como Adad anhelaba la caricia de otras manos, Sakti anhelaba otras voces. Extrañaba las conversaciones estúpidas de las damas de compañía, o las lecciones de Historia y matemática de las viejas ayas, o incluso los pequeños discursos del mayordomo cada vez que anunciaba a alguien nuevo en la cena mensual organizada por el Emperador. Todavía podía escucharlas pero ahora cada palabra era como un clavo que le martilleaba la cabeza perpetuamente. Sakti se sentía bien solo en el silencio pero el silencio ahondaba también la soledad.
Fue en estas circunstancias que Darius ganó fuerza y se coló en su vida.
La segunda estadía en Masca del joven General inició como una repetición de la anterior, pues Darius retomó el cortejo de las damas de Sakti. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenía caso porque las damas rara vez la acompañaban. Todo lo que hacían era esperar a que la princesa regresara de las visitas diarias a los Dragones; le preparaban el té y un baño, le calentaban la cama con bolsas de agua caliente y cerraban la puerta de la habitación cuando Sakti caía rendida sobre la almohada.
Darius se preguntó con ansias qué otra táctica podría emplear para acercarse a la princesa Dragón cuando había contado tanto en sus habilidades de seducción. ¿Quizá podría convencer a alguna de las damas para que lo dejara entrar a escondidas a los aposentos de Sakti? ¿O quizá tendría que abordar a la princesa mientras se desplazaba a las torres de los Dragones? ¿O quizá...?
No tuvo que esperar mucho. Darius tenía a su favor una ventaja de la que no sospechaba nada: su voz libre de mancha.
A pesar del cansancio continuo, Sakti notó las caras sonrojadas de las doncellas, la alegría que intentaban contener, los suspiros que se les escapaban con tanta frecuencia que parecía que se desinflarían. Conocía de sobra los síntomas y las causas y mandó a llamar a Darius.
—Lee —ordenó al mestizo mientras le señalaba los libros sobre la mesilla del salón—. Cualquier cosa, no importa qué mientras sea en voz alta.
Y leyó. Sakti se sentó en el sillón contrario al de Darius, se abrazó las rodillas al pecho y contuvo el aliento mientras la voz del mestizo llenaba cada rincón donde el silencio había hecho su hogar.
Lo odiaba tanto. ¿Cómo era posible que semejante cretino fuese la única persona además de sus hermanos que no podía lastimarla con la voz? Lo odió más con cada día que pasaba y se hacía insoportable escuchar las risas, suspiros y palabras de las demás personas. Lo odió porque por mucho que extrañara otras voces, Sakti tuvo que imponer el silencio como una orden universal de su torre.
Los guardas no podían hablar en sus dominios. Las doncellas y sirvientas tenían que intercambiar palabras en libretitas que llevaban en los delantales. Si alguien tan siquiera susurraba, Sakti lo podía escuchar. Hasta el más leve de los murmullos llegaba a sus oídos con el calor hirviente del magma.
La única voz que podía tolerar era la de Darius, incluso cuando él se desesperaba, la llamaba por nombres o le exigía que le diera su cuerpo a cambio.
Sakti se mantuvo firme en su negativa hasta el final de la segunda estadía de Darius. Pensaba siempre en las palabras de Adad:

«Nunca traiciones a Marduk, Allena. No eres madre así que no te comportes como ella».

Pero lo que le pareció tan natural e inocente cuando era niña se le hacía ahora imposible y forzado. Amaba a Marduk con toda el alma. Cada día se sentía morir un poco al ver que su hermano se deshacía en pesadillas sin que el roce o la voz de Sakti pudiesen animarlo por mucho que ella lo intentara, como lo hicieron una vez las amantes de Adad. No era como se lo habían dicho. Marduk no la deseaba, al menos no mientras estuviese enfermo.
Aunque Marduk volvió a comer con regularidad y la convalecencia de Adad acabó, ninguno de los dos se recuperó. No volvieron a salir de sus torres. Sakti era el único enlace que todavía tenían con Palacio y consigo mismos. La princesa nunca los dejó atrás, pero lo que ellos nunca llegaron a entender fue que la habían abandonado. Al darle la espalda al mundo se la dieron también a ella.
«¿Cuánto tiempo me queda?» pensaba con el paso de los días, las semanas y los meses. «¿Cuánto tiempo hasta que yo también me encierre en la torre?». Procuraba caminar todos los días, visitar a sus hermanos, sentarse en los jardines, pero ya había dejado de cantar. Un doctor la revisó cuando el Emperador se percató de que Sakti daba órdenes con apuntes tanto a damas como a soldados. El doctor, sin embargo, no encontró ningún problema con Sakti.
—Simplemente no quiere hablar —explicó él mientras levantaba los hombros—. Quizá lo mejor sea dejarla a sus anchas y en silencio. El silencio es fundamental.
Y así fue como en las torres de los Dragones se impusieron las libretitas y los lápices para que Sakti no pillara ninguna conversación, ninguna carcajada ni ningún susurro que le diera dolor de cabeza.
Sabía que estas precauciones la ayudarían a mantenerse cuerda por más tiempo pero seguía extrañando las voces inofensivas, sin mancha ni punzones. ¿Pero dónde encontrarlas cuando el mundo entero estaba plagado de voces pecadoras?
Por eso, en la tercera estadía de Darius, Sakti cedió.
No lo amaba. Ella sabía lo que era amor. Amor era tejer cobijas, coser pantalones y camisas. Amor era frotar ungüentos y vendar heridas. Amor era rodear a Marduk, besarlo y decirle que lo despertaría si se estremecía en sueños. Amor era estar con alguien tan destrozado que ni siquiera notaba tu presencia. Amor era darse entera a los dos únicos hombres que la habían amado también desde el principio de los tiempos sencillamente porque eran como ella.
Así, pues, ¿cómo podía amar a Darius? No, era imposible. Seguía siendo un cretino insufrible, como al principio. Pero al menos era un cretino honesto que no la hería con la mancha de la mentira. Y, tenía que admitirlo, era también un cretino con buen cuerpo.
—¿Te gusto ya? —preguntó él la primera noche juntos. Sakti negó en silencio. Su cabello gris era una maraña sobre la almohada—. ¿Entonces por qué cediste?
Sakti fijó la mirada en el techo, sintiendo el calor del cuerpo de Darius, el sudor de él y la mano grande sobre el pecho. No era idiota como las damas. Sabía que la única forma de mantener a raya la manipulación del mestizo era entregando su cuerpo, pero no su alma ni su corazón. Los más terribles secretos de su espíritu debían permanecer como tal. No podía confesarle el atributo que lo llevó a su cama.
—A mi madre no le gustas y a mí no me gusta mi madre. Haz la matemática: esta es solo una forma de fastidiarla.
Darius frunció la frente. Sakti vio que hirió su orgullo de macho. Quiso soltarle alguna insolencia porque todavía no superaba la humillación que Darius la hizo pasar en aquel pasillo. Antes de que pudiera decir nada él esbozó una sonrisa resignada.
—Me vale. Entiendo eso de hacer lo contrario a lo que tu padre quiere solo para fastidiarle. Por eso creo que tengo una propuesta que puede gustarte. Si de verdad quieres fastidiar a tu madre ¿qué tal si...?
—No. No te ayudaré para que entres al Templo de las Doncellas a atrapar a tu hija.
Darius parpadeó, tomado por sorpresa. Era la expresión que mejor le quedaba o al menos eso pensó Sakti hasta que la comprensión se acentuó en el rostro mestizo.
—Sabías.
—¿Tus intenciones? Mi madre me las explicó muy claramente.
Disfrutó el marcado desagrado de Darius, verlo saberse usado sin posibilidades de lograr su objetivo. Aunque no era intención de Sakti, acababa de reivindicar a todas las mujeres que fueron engañadas por Darius y le dio al General una cucharada de su propia medicina. Se sentía genial.
—Zoe es una profetiza del lado de su madre. Si llega a desarrollar su potencial y lo comparte con alguno de sus hermanos lograrán matarme.
—Lástima.
—Si muero sería culpa tuya.
—Podré vivir con eso.
Darius se apartó de la cama y se vistió a toda prisa. Sakti disfrutó cada segundo de tan deshonrosa retirada, incluso las últimas palabras que el mestizo le dijo antes de partir esa noche:
—En verdad eres una criatura detestable.
—Sí, ya me lo dijiste la primera vez que nos vimos.
Darius se marchó decidido a no volver pero regresó en su cuarta estadía en Masca. En la quinta, en la sexta y en todas las siguientes. En cada ocasión se marchaba dispuesto a jamás regresar. Sakti no solo le negaba el apoyo necesario para alcanzar a Zoe sino que también lo humillaba una y otra vez al negarse a sí misma. Aceptaba que la tocara, la besara, la desvistiera y la llevara a la cama, pero en esencia no se entregaba.
No podía hacerla suya.
No sabía si es que Sakti era demasiado inteligente para caer por él, o si era tan insensible como todos en Palacio la creían, o si era una mezcla de ambas razones. Fuera como fuese, la frustración de Darius fue en aumento visita tras visita, año tras año.
¿Entonces por qué volvía?
Por la voz. Darius se había hecho adicto al poder que lo recorría cuando lograba sacarle suspiros de placer o cuando ella lo llamaba «idiota» al girarle los ojos. Así como Sakti disfrutaba de la voz honesta y sin mancha del mestizo, él disfrutaba la voz poderosa de Sakti aún más porque sabía que era el único al que ella le permitía hablar en su presencia.
Se aborrecían pero al mismo tiempo se deseaban.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Oh vaya, con que de ahi salio el fragmento que vio Darius anteriormente... en sus vidas pasadas andaban en plan conejos.

    La verdad, este vida pasada me da pena, antes creia que en esta vida los trataba mal la familia, pero despues de estos dos capitulos, creo que actualmente los quieren mucho, al menos tienen a los profetas de su lado (?)

    Falta aun el capitulo de Allena, quiero saber en que termina todo este circo (esta vida). Pero creo no sera un final feliz, y no es como que me des mucho final feliz en la historia principal ¡mala!

    Nos leemos

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    Respuestas
    1. "En plan conejos"...
      Buajajajaja xD ¡Qué risa me has dado!
      Muchísimas gracias por leer y comentar, querida :-D

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