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Capítulo 21

21
EL DÍA PROMETIDO

En los años venideros centenas de personas recordarían aquella noche en Tyr. Harían canciones y se reunirían en torno a las fogatas para contar sobre la oscuridad infinita que se había apropiado del mundo. Las distorsiones de tiempo que marcaron un camino hacia la torre de la Profecía. La caída de la luna. Y, sobre todo, las luces.
Casi todos hablarían de las tres que salieron de la torre, primero como un solo haz y luego como tres zigzagueos que se apropiaron del firmamento. Otros hablarían de una cuarta luz que se refería a la luna. Pero solo una persona habría visto con sus ojos una quinta luz.
Sakti no vio ninguna de esas luces, solo las colas de los Dragones que ascendían al cielo. Aun antes de esas colas luminosas vio primero el rostro de Adad.
El príncipe estaba sobre ella, empapado de sangre y lágrimas. La llamaba pero ella al principio no podía escucharle. Los oídos todavía registraban el silencio de la muerte y una única palabra.
«Adiós».
—Se fueron... —susurró al tiempo que levantaba la mano empapada de sangre al rostro de su hermano—. Los Dragones. Se han ido.
El rostro de Adad ya no tenía los tatuajes negros del Segundo Dragón. Aunque Sakti no podía verse reflejada en los ojos grandes y lagrimosos de Adad, supo que las marcas de ella también habían desaparecido. Lo supo porque ahora que no estaban podía sentirlas. Era una ausencia presente como...
¿Como qué? Creía recordarlo pero al mismo tiempo no.
La tristeza le sacó las lágrimas, las primeras que lloraba en quién sabe cuánto tiempo. Lloraba por el recuerdo de los Dragones porque creía que por un instante, poco antes de despertar, vio a los tres delante de los portadores en el momento que decían adiós. Y lloraba también porque con los Dragones se habían ido millares de recuerdos y certezas. Aunque Sakti había recuperado el alma se sentía incompleta.
 Adad la tomó en brazos y la sentó en el suelo, acunándola contra él. También lloraba. Sakti empezó a escuchar un «¡Lo siento, lo siento, lo siento!» tierno y roto. Empezó a sentir también la piel chamuscada de la espalda y recordó que su hermano la había atacado. Pero al mismo tiempo no lo hizo. No, ese no fue Adad, sino una mezcla de... ¿De qué? Otra vez no podía recordarlo. ¿No podía o no quería? Quizá ambas. Fuera lo que fuese, ya había acabado.
El salón estaba en ruinas, las columnas derribadas, la gema enterrada bajo los escombros y las esferas de luz se habían esfumado. Lo único que quedaba era el sollozo de Adad, haciendo eco en la habitación rota, los ojos de Jillian, fijos en los hermanos, y el resplandor en el cielo.
Las colas de los Dragones formaban una estela de nubes en el cielo que jamás se borraría.

****

El crujido todavía le retumbaba en los oídos. Cualquiera pensaría que era la torre, que caía desplomada como un castillo de naipes. Pero él sabía que no era la torre. Sus oídos no estaban afinados para la frecuencia del mundo de los mortales, sino para todo aquello que sucediera en las alturas.
La que se desplomaba era la luna.
La veía caer en pedazos ardientes de carmín, que describían estelas de fuego allí por donde pasaban. Meses más tarde, arqueólogos, contrabandistas, aristócratas y curiosos se llenarían la imaginación y los bolsillos con piedras lunares. Pero la mente de Sigfrid no estaba en lo que sucedería en el futuro sino en ese presente tan largo y corto al mismo tiempo.
Sabía que ya no era exactamente él. No podía verse las manos ni los dedos fosforescentes porque todo él era luz. Ni siquiera podía sentir las piernas o las heridas del combate. ¿Tenía siquiera cuerpo? Lo dudaba. Lo único que podía sentir eran unos largos brazos que rodeaban lo que debía de ser su cuello emplumado, y el aliento frío y cada vez más entrecortado de la mujer de la luna.
—Mi caballero, mi paladín, mi campeón —susurró la dama con voz débil. Se moría pero estaba satisfecha—. Es hora de que tomes mi lugar.
Sintió el cuerpo de nuevo, aunque no con la misma firmeza de los días de juventud. Ahora era un cuerpo viejo y cansado, apaleado y magullado después de las batallas de miles de años. Era carne y luz al mismo tiempo, aunque las dos se iban separando. Sigfrid se sintió caer sobre una espalda larga y plateada. Quedó con la vista fija en el cielo nocturno. Vio que ya no solo había tinieblas.
Los Dragones estaban allí. Batían alas gigantescas de luz. Sus cuerpos creaban caminos de estrellas. Sus garras, cuellos y hocicos quedaban impresos en la bóveda celeste como si estuviesen hechos de nubes de diamantes. Cada uno tenía el hocico largo estirado hacia algún punto cardinal pero las colas todavía estaban unidas en las puntas, que surgían de donde una vez se alzó la torre de Tyr.
En el cielo, en medio de las colas, estaba la luna carmesí que se caía a pedazos. Mientras cada trozo rojo caía a la tierra, un vapor de plata se levantaba del suelo y ascendía a las alturas para rellenar la figura redonda del astro y hacerla una vez más blanca y llena. Sigfrid comprendió que ese vapor era él, o mejor dicho, la parte de él que era luz. Estaba tomando el lugar de la vieja luna.
«¿Lo logré?», pensó cuando vio que en el horizonte, al este, el cielo se teñía lenta y perezosamente de amarillo. Apenas era una franja minúscula pero sabía que era la mañana que se acercaba con sus dedos de oro.
El último fragmento de la luna carmesí terminó de desprenderse del cielo y cayó, también lenta y con pereza, en algún lugar de ese planeta recién lavado. Sigfrid supo entonces que lo último que le quedaba de luz subiría y completaría la nueva luna; y cuando eso sucediera el resto de él, que era carne, se quedaría fría e inmóvil en el suelo. Moriría antes del despuntar de la mañana.
No lo había logrado. Aunque por muy poco, no había llegado al mañana prometido.
Extendió unas palmas que no sentía para palpar el suelo, tomar la espada y apoyarse en ella. Era un guerrero y lucharía hasta el final, incluso contra su propia muerte. Se negaba a dar toda su luz a la nueva luna. Se negaba a marcharse sin asegurarse de que lo habían logrado. Tenía que garantizar que la traición a Istar, y los sacrificios de Enlil y el anterior Emperador Kardan hubiesen rendido frutos. Tenía que hacerlo porque si no ¿qué sentido habría tenido todo?
No pudo moverse. Lo único que quedaba de él en la carne era la consciencia, que se diluía con cada vapor luminoso que ascendía al cielo. Ah, maldita sea. Moriría sin saber nada. Y la ignorancia, descubrió, no era una bendición. Ignorar si la empresa tuvo éxito era lo mismo a haber fallado. Apretó los dientes y soltó un grito mudo de frustración.
Por fortuna para él, el dios en el que no creía lo escuchó aun antes de gritar. Y le envió la respuesta que necesitaba antes de que partiera.

****

Drake fue el primero en escalar los escombros de la torre. Si hubiese visto atrás habría mirado la ciudad plantada con grandes semillas de baba y sangre. Habría visto los cuerpos y los escombros de la nave vaniriana, esparcidos por Tyr como fichas de dominó. La sincronización de Tyr había cesado con el desplome de la nave vaniriana, quizá porque el castillo ejercía la sincronización de forma remota.
En medio de la destrucción habría visto también a los sobrevivientes, que tenían las cabezas levantadas. Los ojos de los vanirianos y aesirianos por igual brillaban desde la superficie como las estrellas, pues reflejaban los rasgos luminosos que se dibujaban en el cielo. Ya no había guerra. La luz había traído la paz. Drake también pudo haber levantado la vista para ver él mismo cómo los tatuajes que una vez marcaron la piel de los portadores pintaban ahora las alturas. El último vuelo de los Dragones sería eterno, porque quedaría suspendido sobre los mortales con forma de nubes y ríos de estrellas.
Drake no vio por encima del hombro ni levantó la mirada. Tenía los ojos fijos en cada paso que daba, en cada roca en la que se apoyaba. Temía descubrir en cualquier instante un brazo que sobresaliera de los escombros o acaso unas hebras de cabello plateado. Y aunque sí reconoció huesos y calaveras frágiles en medio de los escombros, solo se trataba de los viejos cadáveres de la familia Kèrmiac y los otros ciudadanos condecorados que tuvieron el honor de una tumba en la torre de Tyr.
Tenía el corazón hecho un puño. El estómago era un nudo. Apretaba la mano en que todavía sentía la pluma de Dragón aunque la pluma se había deshecho. Si le hubiese dicho a Sakti que era como una presencia ausente ella le habría entendido, aunque no habría podido explicarle por qué.
Todavía escuchaba el quejido de la torre. En un rincón de su mente supo que fue temerario escalar los escombros cuando todavía había riesgo de que se hundieran sobre sí mismos y lo atraparan. Pero fue precisamente esa idea la que lo alentó a escalar más rápido los escombros. Si todavía había oportunidad, si la pluma de Dragón cumplió el deseo que Drake le suplicó, no tardaría mucho en saberlo.
La franja de sol se asomaba ya por el horizonte cuando finalmente alcanzó el punto más alto del derrumbe. El viento helado de la madrugada se colaba por debajo de la chaqueta y pellizcaba al peli-rosado sin piedad. Drake llegó al borde de una circunferencia irregular. En el interior había un cráter como si un meteorito hubiese impactado la torre y ocasionado ese desastre. Pero allí no había un meteorito todavía incandescente, sino tres personas apretujadas contra sí para mantener el calor.
Por un instante Drake se quedó inmóvil en su sitio, seguro de que aunque había llegado ya era demasiado tarde. Si el colapso de la torre y la misma Profecía no los había matado, el frío los habría congelado. Desde donde él estaba le parecieron tan indefensos y frágiles, como niños pequeños o ancianos de miles de años.
Sakti fue la primera en verlo. Sus ojos grises se posaron en Drake con una expresión sabia que calentó cada rincón del sicario. Más tarde, cuando Drake le preguntó por qué lo miró así, ella le diría que fue porque supo que sería él el primero en encontrarlos. Aunque la princesa no vio ninguna de las luces de ese día, sí sintió la quinta luz.
La que Drake produjo con la pluma de Dragón al pedir aplazar la estadía de Sakti en el jardín que era el mundo.

****

Los ayudó a bajar. Sakti era por mucho la más herida pero también la más espabilada. Los ojos de Adad se cerraban tan a menudo que Drake tuvo que cargarlo y dejar que Jillian ayudara a Sakti, a pesar de que el antiguo portador del Tercer Dragón tampoco tenía buena pinta. Y esos ojos... Todavía eran lechosos y opacos pero de vez en cuando soltaban destellos despiertos que desconcertaban a Drake. No sabía si Jillian estaba ciego o no. Lo cierto era que se movía bastante bien a pesar del terreno. Eso o es que todos se movían igual de mal por la pendiente mientras descendían la torre deshecha.
Ahora sí, Drake miró Tyr tanto como pudo en busca de un sitio a donde pudiera llevar a los príncipes. Los vanirianos sobrevivientes caminaban por la ciudad con pies arrastrados, guiados por los aesirianos a sitios de contención. Los acomodaban en filas y los encadenaban para retenerlos. Parecía el típico aprisionamiento después de una victoria aesiriana, salvo que los vanirianos no berreaban ni los aesirianos los azuzaban. Era como si todo el número del aprisionamiento y demás fuese una medida tomada por costumbre, sin que ninguna de las dos partes supiera proceder de otra forma.
De repente Adad apretó el cuello de Drake. Por poco lo hace caer de espaldas. Antes de que el sicario pudiera quejarse, Adad le clavó las rodillas en el costado y se afianzó más firme a la vez que erguía el cuello tanto como podía. Veía algo a la distancia. Ni Drake ni sus compañeros supieron qué, ni siquiera cuando Adad se bajó a la carrera de la espalda del sicario y echó a andar por su cuenta a toda prisa. Iba tan rápido que las rocas cercanas empezaron a rodar en cascada. Por más que Drake le pidió que se detuviera, so pena de que provocara una avalancha de escombros que los derribara a todos, Adad no se detuvo. La única alternativa entonces fue que Drake y los demás bajaran también a toda prisa, antes de que se hundieran bajo los escombros.
Una vez que Adad llegó al pie de la torre siguió corriendo. Zigzagueaba entre los escombros de la periferia. Aunque desde lejos parecía una abeja ebria, el príncipe tenía claro su objetivo. Sakti lo divisó antes de que Adad llegase y ella también apretó la marcha, jalando a Jillian consigo. Al entender hacia dónde iban, Drake se preguntó por qué lo hacían. Después de todo lo que él les hizo pasar ¿por qué querían verlo una vez más?
Quizá algún eco de este pensamiento llegó a la mente de Sakti porque la princesa de repente se detuvo y se quedó al margen, incapaz de seguir adelante. Adad ya estaba al lado de Sigfrid pero ella aún necesitó unos segundos más para animarse a ir junto a su padrino.
El General apenas tenía los ojos abiertos. Un vapor plateado subía de él, pero era tan ligero que bien podía tratarse de una ilusión. Adad estaba hincado a un lado de Sigfrid y lo mecía del hombro para despertarlo, aunque él bien debía entender lo que significaban el pozo de sangre alrededor y la palidez cuasi plateada del General.
Se estaba muriendo.
Adad hacía grandes esfuerzos en mantenerlo despierto y en prometerle que se recuperaría. Lo llevarían donde Connor y en menos de un santiamén estaría de nuevo cortando cabezas y asustando a la gente con su voz de tigre. Pero fue Sakti, la callada y espabilada Sakti, la que dio a Sigfrid lo que necesitaba:
—Fueron dos votos a favor y uno en contra —dijo al tiempo que le corría un mechón de cabello sudoroso donde se mezclaban tanto el dorado como el plateado, para que la viera mejor. No sabía si todavía podía escucharla con claridad y si necesitaría leerle los labios para entenderle; aunque tampoco supo si al General le quedaba suficiente energía para leerle los labios. Aun así Sakti procedió con las palabras bien marcadas para que le entendiera—: La Profecía se ha cumplido.
Sigfrid no dio muestras de haberla escuchado pero Sakti supo que sí, porque justo entonces el General dejó de apretar la espada que Istar le había confiado. Ya no había más vapor que subiera al cielo. Ya no había Demonio Montag que aterrara a las futuras generaciones de vanirianos. El último vestigio de la época maldita había muerto.
Y la mañana recién llegaba.

****

Groliens y titanes jalaron con todas sus fuerzas, al tiempo que humanos y kredoa vigilaban que las poleas ni las sogas se rompieran por el peso de los escombros.
—Adelante, adelante, adelante... —iban diciendo mientras la roca más grande de todas se levantaba lentamente—. Adelante, adelante, adelante... ¡Alto!
La roca quedó suspendida en el aire gracias a las sogas. Otro grupo de groliens y titanes, que había quedado al margen, se colocó por debajo al tiempo que la recibían con las manos. Entre todos lograron poner la roca a un lado y así seguir con la excavación en busca de sobrevivientes.
Ya no había más rocas que quitar pero todavía quedaba un obstáculo. Sin embargo, nadie entendía qué era. Parecía una larga piedra de río porque la superficie era blanquísima y tersa, pero no solo estaba bien pareja después del colapso sino que, además, tenía rasguños sonrosados aún por la sangre. Al tocarla vieron que era carne.
—¿Qué demonios...? —comenzó a decir un grolien.
Lo interrumpió un quejido débil y profundo que surgía de entre los escombros. Las rocas de la periferia comenzaron a temblar a la vez que la gente retrocedía para ponerse a salvo. Todos creyeron que la nave vaniriana hizo un hoyo en Tyr después de caer derribada y que ahora los escombros colapsaban sobre sí mismos.
Sin embargo, no era un colapso sino más bien un levantamiento. Aquello que confundieron con piedra de río se levantó lentamente al tiempo que, en otras secciones aledañas, surgía una figura de entre las rocas.
—¡Madre mía! —dijo un kredoa con los ojos colmados en lágrimas—. ¡Es una abeja reina!
La gente lo vio en busca de respuestas, hasta los aesirianos. Después del combate no quedaban motivos para que los kredoa intentaran esconderse de los vencedores. Además, para los aesirianos ahí presentes ya los kredoa no parecían tan feos ni desagradables. Muchos de los que estaban ahí formaban parte del grupo neutral de Connor y los que todavía llevaban uniforme de uno u otro país habían convivido en el campamento neutral el tiempo suficiente para acostumbrarse a la presencia enemiga. Aunque en esa nueva mañana ya nadie sentía que siquiera hubiese bandos.
Una cabeza con mechones rosados pálidos se asomó en lo alto de los escombros. Por allá surgió lo que parecía un codo. Por allí, una larga pierna con púas. Y por acá, justo donde el grupo había levantado los primeros escombros, la piedra de río se reveló como una larga mano.
La abeja reina intentó levantar la mano, pero después de dos largos y sufridos intentos se detuvo. El leve movimiento de su respiración –hasta ahora imperceptible– se detuvo también. El grupo miró los ojos grandes y empozados de negro, sin párpados, de la abeja reina. El brillo de insecto que asomaba en los ojos se atenuó y, finalmente, se evaporó. La mangodria había muerto.
Todos guardaron silencio. Esa mañana estaban familiarizados con la muerte porque por todos lados había indicios de ella: desde los capullos deformes de los hijos de Vanir lanzados al vacío, hasta las flores aplastadas alrededor de la torre deshecha. Aun así los tomó desprevenidos la muerte de la abeja reina, ese ser mítico para incluso los vanirianos pues, una vez que las mangodrias dejaban la guerra, pocos eran los que la volvían a ver convertida en una abeja madura y en una madre perpetua.
Al fin un humano manco dio un paso al frente. Rodni se colocó al lado de la mano gigante y comenzó a levantarla. Sin que nadie dijera nada, otros se acercaron para ayudarle.
Cuando al fin levantaron la larga y fría mano, vieron que el hueco de la palma protegió a dos sobrevivientes. Dereck Sunkel estaba sentado –arrinconado, más bien– contra la pared de escombros. En sus brazos acunaba a una mujer de cabello verde.
Rodni sonrió al reconocerlo y lo llamó decidido a ser el primero en ofrecerles ayuda. Pero cuando Dereck abrió los ojos y miró al antiguo asaltante de caminos, supo que había poco que pudiera hacer. Dereck no tenía más que unos cuantos raspones. La abeja reina hizo un excelente trabajo al protegerlo del colapso. Cuando estrechó con más fuerza a Lemuria y enterró la nariz en el cabello de ella, en busca de una última fragancia, Rodni comprendió que la herida de Dereck iba más allá de lo que él o incluso Connor pudieran curar. Después de todo, nadie sabía con exactitud cómo se sana un corazón roto.
La abeja reina protegió el último abrazo de los amantes. Pero ni siquiera ella pudo salvar a Lemuria. Al final solo había un sobreviviente en aquel castillo flotante.

****

Darius caminaba de un sitio a otro mientras arrullaba al bebé. Tenía la cabeza en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. El niño lloraba de hambre sin que el mestizo pudiese hacer más que mirar los pechos de las arpías y soldados mujer preguntándose si alguna tendría leche para alimentarlo. A la vez, la mirada se le perdía en la torre deshecha, las colas de nubes y la luna que permanecían inmóviles en el punto bajo el que una vez estuvo la torre.
Varias veces se había encontrado a sí mismo caminando en esa dirección, pensando en buscar a Sakti, solo para regresar sobre sus pasos. Quería ir a revisar los escombros pero no podía hacerlo con el niño en brazos; tampoco se atrevía a dejarlo atrás bajo el cuidado de algún soldado desconocido. Temía no volver a encontrar al bebé y así perder cualquier oportunidad de enmendar los errores. Pues ese era el papel que le dio al niño: creía que si cuidaba de él podría limpiarse a sí mismo.
Cuatro figuras se abrieron paso entre la gente. Venían en caballos de seis patas así que sobresalían aun por encima de los titanes y groliens, que se movían alrededor para atender a los heridos y reunir al bando perdedor en un solo punto.
De las figuras, dos le parecieron amables y bellas. Eran Connor y Zoe. Otra figura –el príncipe Sin– le dio ganas de vomitar pero la última –el Emperador– se las atenuó. Le resultó curioso descubrir que el principucho –Emperador, se corrigió– ya no le produjera malestar estomacal. Debía de ser porque al final Kardan demostró compasión hacia Adad y Sakti e intentó salvarlos enviando al mestizo.
Los cuatros jinetes se detuvieron delante de Darius. Connor miró a Darius con los ojos abiertos como platos. Su mirada lanzaba las preguntas que no tenía voz para preguntar: «¿Qué estás haciendo aquí? ¡Se suponía que estabas a salvo y encerrado en una jaula! Ay, ¡por Dios!, ¿estás bien? Por favor no me digas que otra vez estás herido de gravedad, por favor no me digas que te vas a morir». Kardan tenía una expresión de preocupación similar, porque Darius estaba empapado de sangre de pies a cabeza. No tenía el estómago para decir que la mayoría no era de él, sino de Enlil. Zoe, en cambio, miró a su padre con ojos transparentes porque a ella no la sorprendía que el mestizo estuviese libre ni teñido de sangre.
Sin no tenía ni pizca de consideración hacia Darius.
—¿Dónde está Enlil? —preguntó con una vena latiendo en la frente—. ¿Dónde está?
La mirada roja de Sin era un incendio que acusaba con ardiente crueldad a Darius. El mestizo agachó la cabeza y apretó al bebé contra el pecho, en busca de consuelo. Luego señaló con la cabeza la primera de las muchas plataformas construidas ese día. En medio de la plataforma, dos soldados levantaban una pira. Un cuerpo largo y pesado estaba tendido junto a ellos, cubierto con una capucha también larga y ensangrentada. Sin dirigió otra mirada acusadora antes de cabalgar hacia la pira y ver con sus propios ojos lo que ya se rumoraba por toda la ciudad.
—¿Fuiste tú? —preguntó Kardan. Su voz no tuvo tintes de reproche ni enfado. Solo tristeza y lástima.
—No fue mi intención —se defendió Darius. Se escuchó patético. ¿Por qué quería defenderse delante de Kardan? Era un Aesir. Ninguno jamás le creería que hubiese matado al padre que tanto aborrecía por accidente—. Él estaba sobre mí cuando el hijo de Vanir volvió a atacar. Él mismo me dijo que lo hiciera. Era la única alternativa.
—... De acuerdo. Comprendo. —Los ojos del Emperador estaban agotados pero tenían también una comprensión infinita. Había cambiado de la noche a la mañana—. Me temo que todos hicimos anoche una o dos cosas de las que nos arrepentimos.
Darius meditó en silencio. No lo afectaba el que Enlil estuviese muerto. Lo que lo molestaba es que él fuese responsable de esa muerte. Le fastidiaba formar parte de la cadena de muerte de los Tonare, como si no tuviese fuerza de voluntad que valiera para romper los eslabones y liberarse a sí mismo.
Antes de que sus pensamientos rondaran sitios más peligrosos y funestos, sintió los brazos de Connor alrededor de él. No se dio cuenta de en qué momento el muchacho se había bajado del caballo, ¡pero qué bien se sentía! En brazos de Connor sabía que la maldición Tonare estaba rota y que Darius fue el último eslabón. Ninguno de sus hijos lo mataría porque si tenían la mitad del corazón alegre y tierno de Connor serían capaces de perdonar cualquier cosa a Darius. «Además», se dijo, «no lo maté por odio. Fue por necesidad. Por mutuo acuerdo». Sí. Enlil no había escapado de la muerte. Al final ofreció su vida a Darius. Eso no lo eximía de todo el mal que le hizo pero al menos era un paso hacia la compensación.
El bebé volvió a llorar. Connor se apartó de un salto, desprevenido porque no creyó que el bulto cargado por su padre tuviese una personita. Miró al bebé cono ojos curiosos e inocentes, como siempre que encontraba una novedad. Antes de que la mirada se le turbara con un pensamiento lógico –«¡¿Qué hacía un bebé en media guerra?!»– Zoe llegó y agarró al bebé.
Darius y Connor se alarmaron y estiraron los brazos a la vez para quitarle el bebé al Zoe. Aunque nadie lo decía para evitar herir a la profetiza, todos sabían que los bebés no la querían. Eran como los perros y los gatos, que le ladraban o siseaban por más esfuerzos que ella hiciera para caerles bien. Siempre que estaba cerca de un bebé, la criatura se ponía a chillar hasta que Zoe saliera de la habitación. En las pocas veces que había levantado alguno –luego de que Connor atendiera partos en el hospital de Kehari– el bebé siempre chillaba y se agitaba como si las manos de la muchacha fuesen fuego.
Esta vez, sin embargo, los brazos de Connor y Darius quedaron a medio camino porque... el bebé había dejado de llorar. Zoe todavía lo agarraba mal –ningún bebé se dejó sostener por ella el tiempo suficiente para que aprendiera a cargarlo bien– pero el niño ya no chillaba. Solo sollozaba como gatito.
—Está bien —los tranquilizó Zoe—. Ya la Profecía se cumplió. Ya todo acabó para comenzar de nuevo. Creo que Darlan y yo nos llevaremos bien.
—¿Darlan? —preguntaron Darius y Connor al mismo tiempo, con la misma expresión de perplejidad.
—Así era como Enlil pensaba llamarte antes de que abuelita te diera nombre —explicó Zoe a Darius y levantó los hombros—. Me pareció apropiado.
Darius había nombrado casi a todos sus hijos pero estaba dispuesto a que este cachorro recibiera nombre de parte de alguien más. En todo caso no era su hijo sino su medio hermano. La idea lo mareó. Sabía cómo ser padre ¿pero cómo se era un hermano mayor? No quería ser un matón, como Dagda y Airgetlam que atormentaban tanto a Drake; pero tampoco quería ser un sobreprotector molesto, como Adad con Sakti.
Recordar a la princesa fue doloroso como un punzón y ya no tenía al bebé para aferrarse a él en busca de consuelo. Extendió los brazos para que Zoe le permitiera cargarlo. Necesitaba al niño. Necesitaba sentirse un punto de apoyo para alguien más para así no caer hecho pedazos. Se creía capaz de soportar cualquier cosa, hasta la inevitable muerte de su amiga, si tenía a alguien a quien proteger.
Zoe se echó para atrás con una sonrisa agotada en los labios y le impidió tomar al bebé.
—Necesitas los brazos libres, papá —le dijo—. Ve.
Darius la miró sin comprender pero al instante Kardan le palmeó la espalda para llamarle la atención. El Emperador tenía la espalda recta y el cuello bien erguido para mirar a la distancia. Se bajó del caballo de un salto y le dio las riendas a Darius.
—¡Ve! —lo urgió—. ¡Ve, ve, ve!
Un revoloteo en el estómago impulsó al mestizo a obedecer. Se aupó al caballo y apretó los costados para hacerlo andar aun antes de saber a dónde iba. Tuvo una sensación muy similar a una premonición de profeta pero... era diferente. No tenía la misma certeza. Solo la intensidad previa a un milagro.
Tardó unos metros en darse cuenta de que cabalgaba hacia un grupo de gente. Vanirianos y aesirianos por igual miraban el grupo, que avanzaba por la ciudad como un lento grumo de sangre. Darius vio que los groliens y titanes que franqueaban la comitiva llevaban pañuelos blancos alrededor del cuello. Eran del grupo neutral de Connor. En el centro iba una carreta. A la distancia Darius no lo supo con certeza, pero creyó ver un cuerpo cubierto con una manta. Ese no era un buen presagio pero distinguió también la cabeza peli-rosada de Drake y el resplandor de unas hebras de plata después de que el sol las iluminara en el ángulo apropiado.
—¡A un lado! —aulló.
Tenía miedo y al mismo tiempo no lo tenía. Una gran sonrisa de expectación se dibujó en su cara aun antes de que pudiera confirmar sus sospechas. La gente le abrió campo entre quejas, pues el acuerdo general era que esa mañana era para reflexionar y encontrar un nuevo ritmo de vida. Nadie estaba listo para las carcajadas ni las carreras de emoción, justo lo que Darius hacía mientras cabalgaba al grupo.
Detuvo el caballo en seco a unos pasos de derribar a los primeros titanes y groliens. El corcel se levantó en dos patas y agitó las cuatro delanteras justo frente a las narices del grupo. Antes de que el líder soltara una palabrota y agarrara las riendas del caballo para calmarlo, ya Darius se había bajado y burlado a la escolta.
—¡Allena! —gritó mientras se lanzaba a la carreta.
Rodeó a Sakti y la atrajo hacia su pecho, reclamando así el abrazo que ella le debía.

****

Los grupos vanirianos estaban acomodados en filas, como batallones dispuestos a ir a la guerra. Los que estaban heridos podían estar sentados o acostados; incluso había algunos que todavía recibían atención médica. Los que se mantenían más o menos enteros podían quedarse de pie o sentarse si lo querían. Nadie los obligaría a nada en esa nueva mañana.
En medio de los grupos vanirianos había grupos aesirianos, dispuestos también como batallones. De igual modo, quienes estuviesen heridos podían quedarse sentados si lo deseaban. Pero al menos en estos grupos nadie quería sentarse. Les pareció irrespetuoso.
Habías más plataformas y más piras. Dos de ellas ya tenían los cuerpos que despedirían. El cadáver del anterior Emperador venía de camino, junto con el del príncipe Harald. Por lo que constaba a Sin y a los príncipes de las Arenas, esos eran todos los cuerpos que merecían tan gloriosa despedida. Sin embargo Kardan no estaba satisfecho.
Si la Profecía era la culminación de la guerra y ese final significaba la victoria aesiriana, quería dar a los vanirianos algo más que un premio de consolación. Quería darles una promesa y mil pruebas.
—Lo justo es que ellos también despidan a alguien que admiren —dijo a Connor con timidez—. ¿Verdad?
—Sí —el doctor sonrió satisfecho y orgulloso, como una madre que ha mirado a su hijo madurar—. Sí, es lo correcto.
Aunque con duda al principio, los vanirianos sugirieron algunos camaradas caídos para que los subieran a las plataformas. Lo hicieron porque vieron a Connor junto a Kardan y eso les dio esperanza. Conocían de sobra el poder de influencia que tenía el doctor sobre las demás personas y contaban con que enseñara una o dos cosas sobre piedad al Aesir. No sabían que ya Kardan había aprendido mucho y que todavía aprendería más.
Como había bastantes plataformas, el Emperador también pidió a sus soldados que subieran a aquellos amigos y compañeros caídos. El reconocimiento, dijo, no debía ser solo para las grandes leyendas como Sigfrid Montag y Enlil Tonare. Los héroes anónimos también merecían ser recordados en la historia.
Aún quedaba una pira disponible cuando los cadáveres ya habían sido acomodados, incluido el de su padre. Kardan la dejaría arder también aunque estuviese vacía, como símbolo del ayer que moriría en el primer día de la época Prometida. Pero  así como vio a la distancia la carreta que traía a los Dragones y el cuerpo de Sigfrid, vio también al soldado que avanzaba en el camino despejado entre un batallón aesiriano y otro vaniriano. Kardan lo reconoció desde lo alto de la plataforma.
Cuando Dereck llegó al pie de la escalera, el Emperador asintió para que subiera sin dudar.
—Queda una libre al lado de mi padre. Si gustas puedes ponerla ahí.
—Gracias, Majestad.
Kardan asintió al tiempo que Dereck Sunkel llevaba a Lemuria Aegis a su último lecho. El Emperador le dio la privacidad de la despedida al mirar al frente, tanto a vanirianos como aesirianos. Por las miradas de ternura, sorpresa, comprensión y aceptación que leyó en los rostros de vencedores y derrotados, supo que Dereck se despidió con un último beso.
—Sé que los últimos milenios no han sido nada fáciles para ninguno de los dos bandos —comenzó para apartar las miradas de Dereck y Lemuria. No sabía lo que iba a decir pero se sorprendió a sí mismo con las siguientes palabras—: Tampoco sé si los próximos años serán más sencillos para todos pero quiero creer que sí. Quiero creer que las almas que alumbran en el cielo no están allí en vano y que nos cuidarán a todos por igual. Quiero creer que quizá, tal vez, un día en el futuro no seremos dos naciones en guerra, o una nación vencedora y otra vencida. Quiero creer que podemos ser una sola.
Vio el salto de Sin al pie de la plataforma. El sacrificio de los Dragones no pareció sanar su alma rencorosa. Por suerte los príncipes de las Arenas, que estaban con él, lo sujetaron antes de que dijera o hiciera algo que pudiera lamentar más tarde.
Príncipes y guerreros por igual miraron al Emperador en espera de que continuara.
—Como tal vez ya algunos sepan, he elegido a un Consejero muy especial. Aún antes de que lograra convencerlo, Connor ya me había enseñado mucho. Nos ha enseñado mucho a todos. Me gustaría creer que no soy el único que piensa que ahora una reconciliación es posible gracias a lo que hemos aprendido de él y lo que todavía podemos aprender y construir juntos.
Estaba enterado de las intenciones de independencia de la que antes fue la zona neutra y que ahora era hogar de rebeldes. Connor también era de ahí pero en vez de querer separarse del continente intentó unificarlo en un campamento. En lugar de eso logró unificar al mundo entero. Quizá podría hacer lo mismo ahora que tenía acceso a los recursos del Imperio. Podría sanar las heridas de ambas naciones y unirlas como hizo en el campamento neutral. Kardan le daría la ayuda que necesitara.
—Si la unión no es posible —agregó el Emperador—, si la carga de los milenios anteriores es demasiado pesada como para que podamos olvidar y convertirnos en un solo pueblo, entonces solo deseo que al menos nos convirtamos en vecinos en muy buenos términos. Estoy cansado de destruir. Ahora solo quiero construir puentes.
No esperó reacción de parte de nadie pues él mismo no tenía muy claro lo que acababa de decir. Para superar cualquier silencio incómodo hizo una seña a un paje. Le alegró que el sirviente no atendiera porque alguien se le había adelantado: Connor subió la escalera con dos teas ardientes. Una se la dio a él y otra a Dereck, que todavía aguardaba junto a la pira de Lemuria.
Connor se quedó al margen pero más personas subieron a la plataforma con las teas. Sin se colocó al pie de Harald. Adad fue hacia Sigfrid. Darius hacia Enlil. Groliens, arpías, titanes y aesirianos ordinarios subieron también con teas y se colocaron al pie de las piras de los héroes de ambos bandos. Kardan fue hacia la de su padre y dejó la ceremonia en manos de la sacerdotisa aesiriana y el sacerdote grolien que precedieron el funeral que habría sido de Connor si Kel no se hubiese sacrificado por él.
Los sacerdotes levantaron las manos. La Memoria y el Himno a los Muertos resonaron en el aire, tan dispares y a la vez tan comunes. Con la misma intensidad de tristeza y esperanza por el futuro.
Mientras las canciones se elevaban al cielo para que las escucharan las nubes con forma de Dragones, Kardan prendió fuego a la pira de su padre. «Hasta pronto», pensó. Las piras alrededor se prendieron también. En el día prometido se incineraron los cuerpos de los caídos para levantar una nueva era.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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