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El canto del Dragón

EL CANTO DEL DRAGÓN

—Porque me enamoré del triste canto de un Dragón. De tu canto. Tenías la voz más triste y hermosa que Dios hubiese afinado jamás.
Mark sonrió. Sakti se lo quedó mirando por largo rato más, sin saber a ciencia cierta en qué momento lo había empezado a ver y escuchar. Lo único que tenía claro al fin, después de tantos años, era que Mark no se había aparecido sencillamente de la nada. No. Siempre estuvo ahí, frente ella, guiándola de la mano. Era hasta ahora que Sakti lo veía.
—Está aquí —dijo aunque era obvio—. Saltó. Me abandonó. Ahora sé que no es así, pero así se sintió. Así se sigue sintiendo. Saltó.
—Lo siento.
—Me abandonó.
—Lo siento.
—Lo amo.
—Lo sé. Ahora lo sé.
Mark la rodeó en un suave abrazo. Sakti era ligeramente consciente de que el amo vestía completamente de blanco pero que por debajo de la capucha, la piel y los ojos azules era de todos los colores del Universo. También se daba cuenta, aunque muy en el fondo, de que estaban en un sitio que se asemejaba al lugar fuera del espacio y del tiempo sin serlo realmente. Estaban en la mente moribunda de ella, en el último fulgor de luz antes de que la gema la absorbiera toda y la matara.
Antes de que ella terminara de votar.
«Pero antes de votar tenía que recordarlo todo», entendió también en lo profundo de su subconsciente. «Tenía que terminar de desdoblarme». Y ahí estaba. Era dos y cuatro Sakti al mismo tiempo: dos por cada portadora, dos por cada Dragón. La versión original y la segunda versión se habían unido en una sola y eso había resuelto el mayor impedimento de la votación: Sakti tenía alma de nuevo. Si la fusión había devorado las almas de portadora y Dragón, o si las había enviado a otra parte, el desdoblamiento trajo de nuevo el hálito divino de su ser.
Si hubiese estado viva habría terminado de volverse loca. No habría soportado tener los recuerdos rotos de la primera historia, trastocados por el segundo borrador de Dios hecho con ayuda de Marduk. Si ahora soportaba los recuerdos era porque en el instante previo a la muerte estaba más a salvo que nunca.
—La primera vez —dijo Mark— este fue el momento en que pediste borrarlo todo y Marduk pidió salvarte. Por eso es el momento en que puedes elegir: rebobina y repite toda la historia hasta que estés satisfecha, o acábala de una vez. Ese es el poder que obtuviste de mí cuando tomé tu voz.
Sakti entendía: ella tenía el poder de detener el tiempo y retrocederlo para re-comenzar la historia. Marduk, en cambio, tenía el poder para re-escribirla. ¿Y Adad? Después de que dos Dragones rompiesen el paradigma original ¿había un poder especial destinado para Adad?
A lo mejor sí, a lo mejor no. En una tercera historia quizá Adad sorprendería al mismo escritor con un nuevo giro.
Pero Sakti no quería una tercera historia. Aunque ahora estaba a salvo del terror del desdoblamiento, sentía con claridad las garras crueles de la demencia. La apresarían sin tregua si llegaba una tercera, una cuarta o una quinta vez a ese instante para votar. No se creía capaz de soportarlo. Y la primera versión de ella, la que amó tanto a Marduk, tampoco querría forzarlo a pasar otra eterna estancia en la biblioteca infinita de Dios.
—Estoy satisfecha —dijo mientras estrechaba a Mark y registraba agradecida la calidez y la corporeidad del ayudante de Dios. ¡Qué real se sentía!
—¿Segura? —preguntó él—. Ha sido una historia triste y aún te duele. Quizá una tercera vez será una historia feliz.
—Estoy bien así.
Sakti no se creía capaz de explicar sus razones. La primera vez no lidió con la manipulación cruel de su familia y siempre tuvo garantizado el amor incondicional de dos hermanos a los que adoró, pero aun así vivió una vida insatisfecha que la llevó a romper un paradigma. Quizá en la segunda ocasión sufrió los latigazos de Tiamat, los secretos del Emperador y los Generales, la doble mutilación de un brazo y la caída en picada hacia la demencia. Pero tuvo también el calor de los profetas, la amistad de Darius, el amor de Adad y la oportunidad de Mark.
Si reiniciaba la historia, ¿no correría el riesgo de borrar todo eso? Tampoco tendría la garantía de que el Darius de la tercera versión fuera otra vez el amigo fiel –lo cual, en su opinión, era mejor opción que «amante»– o que Mark se apareciera delante de ella como lo hizo en esta ocasión. Aunque sus caminos se cruzaran de nuevo ¿serían otra vez amo y esclava, mensajero y princesa? ¿Se querrían con la misma intensidad? ¿Sería mejor o peor? No se arriesgaría. No valía la pena sacrificar lo que ya era bueno por una perfección que jamás llegaría, porque en realidad ya estaba ahí.
A pesar de todo, Sakti decidió que su vida había sido perfecta. Con miles de días de tormenta y unos cuantos de sol que valían por un millón. Tenía suficiente. Estaba satisfecha.
—De acuerdo —dijo Mark mientras la estrechaba—. Entonces no tengas miedo de caer. Yo estaré ahí para atajarte.
Lo que le dio más ánimos fue sentir la sonrisa en las palabras de Mark. Aunque le había dado la opción de reiniciar la historia él tampoco quería una tercera versión. Estaba complacido con su primera vida. Había logrado lo que quería: amar y ser amado. No lo cambiaría por nada. Sakti tampoco.
La princesa apretó más fuerte a Mark, restregó la cara contra el pecho de él y dijo:
—Mi voto es...

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017. Ángela Arias Molina

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