¡Sigue el blog!

Capítulo 22

22
PARTIDA

Sakti esperó con el corazón hecho un puño. Seguro que ningún otro príncipe había pasado tanto tiempo en el recibidor de Palacio como ella. Por lo general la Realeza se reunía en la Sala del Trono o en algún salón de baile para celebrar fiestas de bienvenida. Se creía incapaz de esperar tanto tiempo. Más bien ya había esperado demasiado, más de lo que creyó que podría soportar.
—Tranquila —dijo Jillian al tiempo que la tomaba de la mano. Un anillo dorado descansaba en el dedo anular de él, igual que en el de Sakti—. Llegará a tiempo. Lo logrará.
—Sí.
A pesar de que asintió, Sakti también apretó los labios. Sería típico de la suerte que Adad muriera justo cuando faltaba tan poco para que se reuniera con ellos. Se reprendió por tener tantas esperanzas de verlo. Hacía dos años, cuando se despidieron, ninguno de los dos creyó que se volverían a ver. Adad era el más fuerte de los tres, por lo que tomó el lugar de su hermana en una misión que tenía todavía pendiente. Si había posibilidades de que alguno soportara el viaje y empuñara la espada de cristal azul para cumplir otra promesa más, ese era Adad.
Pero Sakti –y el mismo príncipe– no creía que Adad aguantara un viaje de regreso. Se llegó a convencer incluso de que lo mejor sería que Adad muriera en el desierto, ya que nunca podría gobernar en el lugar de su padre pues cedió completamente ese puesto a Remiak. Creyó que cuidar de la anciana esfinge Galatea y ver las arenas que tanto amaba sería un último consuelo para él. ¡Qué grande fue su sorpresa al recibir una carta del príncipe, que le decía que iba de camino a Masca para verla una última vez!
Al fin las puertas se abrieron. No hubo vítores ni celebración de parte de los mascalinos. Adad había regresado con discreción, tal y como se fue a hacer la última misión en el desierto.
Cruzó las puertas de entrada en silencio. Sakti vio que necesitaba ayuda de Kael para avanzar. Vio también que el rostro, una vez tan bronceado y saludable, estaba ahora ceniciento y delgado. Pero también vio la expresión de ternura que rebosó la mirada del príncipe al tiempo que extendía los brazos para recibirla. Sakti corrió a ellos y saltó al encuentro de Adad, segura de que Kael los sostendría a ambos si las piernas del príncipe fallaban.
—Llegaste —murmuró al tiempo que enterraba el rostro en el pecho de Adad.
Estaba tan flaco. Podía sentirle las costillas. El príncipe la rodeó y le acarició la espalda y la cintura con sus dedos largos y delgados. Sakti supo que él también la encontraba delgada.
—Te dije que me daría tiempo, ¿verdad? —sonrió él—. Te lo prometí. No iba a fallarte.
Los pasos pausados de Jillian sonaron detrás de Sakti. El antiguo sepulturero avanzaba con su bastón leal, aunque nadie sabía con exactitud si era porque estaba ciego o cojo. Sakti creía que era una mezcla de ambas, aunque ni ella misma estaba cien por ciento segura de que Jillian siguiera ciego. Aunque tal vez no veía el mundo de la misma manera que ella, sus ojos sí percibían colores e imágenes más allá de los sueños. Veían cosas que la gente normal no podía ver.
—Bienvenido —saludó Jillian.
Adad estiró un brazo y agarró a su cuñado de la camisa. Lo acercó a él y lo abrazó también.
—Volví a casa —suspiró Adad. Sakti y Jillian sabían que no se refería a Masca, sino a los brazos de ellos. Su hogar era con los portadores sobrevivientes como él.

****

Kardan hizo una fiesta en honor a Adad aunque sabía muy bien que el príncipe de las Arenas no podría quedarse hasta el final de la reunión. Por eso lo aprovechó antes de que Adad se marchara a descansar.
Sakti estaba al pie de una ventana. Detrás de ella alumbraba el atardecer. El sol se ocultaba lentamente detrás de las montañas, al tiempo que las nubes con las marcas de los Dragones se prendían con estelas de diamantes.
A veces, los sacerdotes y sacerdotisas le preguntaban con timidez por qué los Dragones estaban en el cielo. ¿No se suponía que sus almas serían sacrificadas en la Profecía? Ella levantaba los hombros y les decía que no lo sabía, pero lo cierto es que lo sabía mejor que nadie: las almas de los Dragones habían sobrevivido. No supo cómo, pero Mark lo hizo. Les ofreció parte de su inmortalidad como ayudante de Dios para que ahora los Dragones surcaran los cielos por siempre jamás. Mark la había amado entera, incluso cuando era dos personas –la portadora y el Dragón– y jamás dejaría que una parte de ella muriera. Como siempre, Mark la había salvado. Había salvado a los Tres Dragones.
La princesa escuchaba las anécdotas de su hermano sobre el último viaje al Reino de las Arenas pero no le prestaba atención. Ya tenía confirmación de lo que le importaba saber: Adad cumplió la promesa que Sakti hizo a la Emperatriz y la liberó.
Le hubiese gustado ir ella misma para liberar a la Virtuosa Sakti Allena Aesir I. Pero no solo estaba más débil que Adad, sino que también había perdido la fuerza para levantar la espada de cristal azul. Ya no tenía los medios para cumplir la promesa hecha. Le alegraba que la Emperatriz hubiese aceptado el cambio de buen grado y que se marchara de este mundo con la satisfacción del trabajo bien hecho y el futuro reencuentro con su amado Fafnir. Ahora que la Profecía se había cumplido era seguro que lo encontraría sano y salvo al otro lado del claro. El Reino de los espíritus había desaparecido, como la Estrella Púrpura. En su corazón, Sakti sabía que la estrella que tanto le había quitado no volvería a alumbrar el cielo porque el mundo ya no estaba maldito.
Una mano cálida se posó en sus hombros. Sakti se dejó atraer por Darius, quien la estrechó contra sí. Él siempre sabía cuándo estaba cansada y, como ahora, le ofrecía apoyo para que aguantara un poco más hasta que pudiera retirarse.
Darius empezó a hablarle de las últimas noticias recibidas de parte de sus hijos. Dagda y Airgetlam estaban asentados en Kehari, dirigiendo la Taberna. Dagda tenía un apartamento de soltero que de poco le servía cuando pasaba tanto tiempo con Airgetlam, compartiendo con él la locura de lo inevitable: Riza esperaba un niño. Cuando empezó a hablar del nieto que venía en camino, al fin la cara de Darius se alegró. Sakti lo dejó hablar y hablar para que su voz contenta la arrullara.
A veces, cuando la abrazaba así, él se sentía en la necesidad de hablarle de cualquier cosa con tal de que el silencio no los abordara. Resultaba curioso que todas aquellas veces que Sakti lo consoló se contentara con el silencio de la princesa; pero ahora que era su turno de consolarla no toleraba hacerle compañía en silencio. Tenía miedo, Sakti lo sabía. Por debajo de la calidez de la mano de Darius, por debajo de su voz arrulladora y sus anécdotas alegres, Darius estaba muy asustado.
Y triste. Esa era la peor parte. Por más palabras que intercambiaran, por más que ella le apretara la mano y le sonriera para hacerle saber que agradecía todas sus atenciones, no podía borrar la tristeza de Darius porque ella misma se la provocaba.
A la charla sobre el nieto siguieron las últimas noticias de Connor. Era la primera vez que el Consejero estaba fuera de Masca para dedicarse a la organización que él mismo fundó: la Compañía del Yggrdrasill. El grupo estaba formado por doctores, aprendices y voluntarios que viajaban por el mundo repartiendo medicina y educación gratuitas. La idea era ir formando escuelas, universidades y hospitales en las ciudades para que los interesados se formaran como doctores y viajaran también, compartiendo sus conocimientos y habilidades con quienes lo necesitaran. Connor había logrado que el gobierno pagara el salario de los doctores reconocidos por la Compañía del Yggrdrasill para que así ofrecieran sus servicios de manera gratuita y todos tuvieran acceso a medicina.
La Compañía del Yggrdrasill servía también para afianzar los vínculos entre vanirianos y aesirianos. Pues aunque los vanirianos ya tenían permitido entrar a territorio aesiriano sin correr riesgo de ataque, todavía no se había tomado una decisión definitiva sobre su suerte: ¿se uniría el País de Hielo como otro reino del Imperio Aesiriano? ¿O cedería el Emperador terreno de la región Oeste para que el País de Hielo extendiera sus propios dominios? Las conversaciones todavía estaban en proceso pero Kardan esperaba que cualquiera de las dos soluciones fuese satisfactoria para ambos bandos. Por el momento esperaría a que la Compañía del Yggrdrasill ejecutara su misión unificadora con el liderazgo de Connor. Y cuando el doctor regresara escucharía su consejo para tomar una decisión final.
Otra vez la voz de Darius se mezcló con un tinte de tristeza. Aunque se esforzó en esconderlo Sakti lo escuchó con claridad e imaginó por qué el mestizo estaba disgustado: no había querido que Connor se marchara y le pidió que se quedara con él y Zoe en la Capital. Esta vez, sin embargo, la petición de Darius no estaba basada en un miedo irracional a perderlo sino porque se sentía desamparado sin él.
Connor había sido el doctor de Jillian y Sakti en Masca. Fue el primero en admitir que les quedaba poco tiempo. La Profecía no los mató de inmediato pero era la razón por la que morían lentamente. Los grandes poderes que una vez tuvieron, y que fueron capaces de iluminar una construcción sincrónica como si mil aesirianos estuvieran reunidos, eran ahora muy débiles. Día a día, semana a semana, mes a mes, las esencias de los príncipes palidecían más y más. Sakti no tenía ni idea de en qué momento perdió la habilidad de mover el agua o levantar las espadas con la esencia de los minerales. Pero sí se dio cuenta del día en que sopló sobre una vela sin que pudiera prender la llama. La esencia del fuego era la única que le quedaba hasta el momento y ya se había ido.
Connor era también el primero en notar cuándo estaban a punto de colapsar por la falta de magia. Hasta el momento les había ayudado para que se repusieran. No era exageración decir que les había salvado la vida en cada ocasión. El que ahora se marchara solo podía significar una cosa: ya no podía hacer nada por ellos.
El doctor se había despedido de Sakti con una sonrisa, pero él era hijo de su padre. La princesa vio la tristeza que escondía, sintió el miedo que tenía cuando la abrazó y supo que escapaba. No le importó y lo abrazó fuerte también. Le deseó suerte en sus proyectos aunque sabía que no le hacía falta.
Cierto era que Connor no podía tolerar la idea de estar en Masca cuando ella muriera, porque entonces sentiría la impotencia de ser incapaz de ayudarla cuando llegara el momento de agonizar. Pero una vez que recibiera las noticias de la muerte de Sakti, Connor guardaría luto por unas semanas y regresaría a la normalidad. No se sumaría en la desesperación porque al fin encontró su lugar en el mundo. Su sitio estaba al lado de Kardan como Consejero, pero también al frente de la Compañía del Yggrdrasill para repartir esperanza por doquier. Su sitio era en cualquier lugar en donde pudiera ayudar.
Ya Connor la había ayudado bastante. Le dio tiempo para organizar sus asuntos y preparar su corazón, que era más de lo que tuvo la noche que decidió cumplir la Profecía.
Las noticias de Darius culminaron como usualmente lo hacían: Drake estaba bien en alguna parte del planeta. El mestizo evitaba hablar de las aventuras del hijo peli-rosado porque temía que Sakti lo resintiera. Drake fue el primero en escapar apenas Connor avisó que los príncipes tenían poco tiempo de vida. Lo cierto era que Sakti no lo resentía. No podía. Drake les permitió quedarse más tiempo gracias al deseo a la pluma de Dragón, pero no fue capaz de aceptar lo inevitable. Como Darius, el peli-rosado estaba aterrado porque sabía que perdería a Sakti sin remedio. Pero mientras Darius se torturaba a sí mismo visitando a la princesa día a día, cuidándola y mimándola, Drake era incapaz de mirarla a los ojos. Estaba destrozado. La única forma en que se creía capaz de tolerar su muerte era preparándose a la distancia para recibirla.
—¿Y cómo está Darlan? —preguntó Sakti mientras Darius la encaminaba a su habitación.
Esa fue tarea de Dereck Sunkel antes, pero ahora estaba ocupado en Norishka. Ser Primer General implicaba viajar por los dos continentes del Imperio. Tres si el País de Hielo se anexaba. Pero al menos Dereck no escapaba de la muerte de Sakti. En eso estaba tranquilo. Se había despedido de la princesa mucho antes de que ella regresara y había aceptado lo inevitable porque la misma Sakti era capaz de afrontarlo.
—Oh, está muy bien —sonrió el mestizo—. No me echa de menos en las noches porque lo envío a la cama temprano. Zoe es más indulgente con él.
—Bien, bien —sonrió Sakti.
Conociendo a Darius, el mestizo tendría más problemas que ningún otro en superar la muerte de ella. Pero Sakti sabía que lo lograría. Darius aún tenía mucho por qué vivir. Aunque sus hijos estaban en distintas partes del mundo todavía estaba unido a ellos. Así como era un buen padre sería también un gran abuelo para el hijo de Airgetlam y Riza. Y aunque quizá no vería al nieto tanto como quisiera, todavía tenía otro niño a su cargo. Darius demostró ser un buen hermano mayor, pues a pesar de los tristes recuerdos que le traía Masca decidió asentarse ahí mientras criaba a Darlan. Ya había volcado gran parte de su cariño en ese niño y aún le daría más cuando Sakti partiera.
Ante la muerte de los Generales, el Emperador decidió nombrar nuevas Casas Militares. La Sunkel y la Del Varten fueron las primeras en surgir como la nueva Nobleza Militar porque fueron también las opciones más obvias. Los Del Varten tenían ya una gran reputación en el desierto por ser los escuderos tradicionales de los príncipes de las Arenas; y era solo lógico que Dereck heredera el título y los bienes de Sigfrid porque el viejo General Montag así lo había dispuesto.
Con los Tonare todavía no había una decisión clara. Por el momento todavía conservaban los bienes y derechos de la Nobleza Militar. Como ni Darius ni sus hijos estaban interesados en heredar, Darlan sería el sucesor. Eso si quería. Darius aceptó criarlo en Masca para que más personas le hablaran del padre de ambos, pues no quería indisponerlo. Cuando Darlan empezara a preguntarle por Enlil, sería sincero y hablaría de su resentimiento. Pero dejaría también que otras voces hablaran del famoso buen temperamento de Enlil, su entrega y devoción, sus chistes y sonrisas. No quería que Darlan creciera con el mismo resentimiento que él, pero tampoco que creciera con la presión indeseada de tomar el puesto de Enlil. Quería que Darlan tomara por sí mismo la decisión de convertirse en General o seguir los pasos de su hermano y renunciar a todos los lujos para tener una vida sencilla y ordinaria. También había placer en una vida así.
—Si quieres lo traeré mañana —dijo a Sakti mientras la princesa se metía debajo de las cobijas.
Los pasos cansados de Jillian resonaban ya en el pasillo. Pronto estaría ahí también, apretujado bajo las frazadas y en el sueño de los benditos. La vida de ambos consistía en dormir, comer y estar sentados en los jardines o en lo saloncitos. Para alguien con pocas ambiciones esa sería una vida placentera, pero Darius conocía el temperamento vivo de Sakti. Extrañaba viajar, caminar sin agotarse, salir bajo la luz del sol sin tener dolores de cabeza. Le daba la bienvenida a cualquier cambio de rutina que pudiera alegrarla. Y aunque seguía sin sentirse cómoda cerca de niños pequeños, con Darlan hacía una excepción porque el niño estaba bien educado. Con Darius como mentor era lo menos que podía esperarse.
—Me encantaría —sonrió ella—. Gracias. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Darius asintió con otra sonrisa. Sabía que quedaría hecho papilla cuando su amiga muriera. Pero cuando pensaba en la tristeza de la despedida, en las noches de lágrimas que seguirían al duelo, y en los vacíos de las tardes y las mañanas que ya no podría compartir con ella, se afianzaba a esas pequeñas sonrisas de Sakti.
Sin importar cuánto se esforzó por evitarlo, la Profecía terminaría ganando y arrebatándole a su amiga. Pero la Profecía le devolvió también algo que extrañó mucho de ella: la capacidad de sonreír y aligerar así el dolor de Darius. Si esos dos años de miedo y expectativa constantes tenían algún significado, estaba en la sonrisa de Sakti. A Darius lo consolaba que su amiga se marchara más completa de lo que estuvo antes.
Al día siguiente llevó a Darlan a Palacio. Pero Sakti ya no estaba allí para recibirlos.

****

Los pasos alegres y veloces de Darlan sonaron por el pasillo mucho antes de que su figurita pequeña doblara la esquina. Darius apretó los labios en señal reprobatoria, porque le había explicado una y otra vez que no debía correr dentro de la casa. Si se caía de cara terminaría rompiéndose los dientes.
Cuando el niño lo alcanzó no lo regañó, sino que lo rodeó en un abrazo. Darlan solo corría para recibirlo una vez al año, cuando Palacio abría las puertas para que los mascalinos visitaran la torre de los Dragones a presentar sus ofrendas. Aunque el niño no podía heredar nada de Zoe, sí había aprendido parte de su intuición y sabía cuándo Darius estaba triste.
Los bracitos de Darlan se cerraron alrededor del cuello del mestizo y le plantó un beso húmedo y grande en la mejilla. Era la forma en que lo consolaba.
—¿Cómo está tu amiga?
—Sigue dormida.
—Entonces seguro sueña contigo —sonrió Darlan—. Y soñará y soñará y todo estará bien.
Darius asintió y lo bajó al suelo. No creía que Darlan fuera tonto. El niño bien sabía que Sakti, Adad y Jillian no estaban «dormidos» sino muertos. Pero como Darlan aprendió bien la intuición de Zoe sabía que Darius se pondría a llorar si decía «muerta» en lugar de «dormida», así que le seguía la corriente.
«Qué cosas», pensó el mestizo. «Se supone que lo cuido yo, pero en algún momento él empezó a cuidarme a mí». Seguro era inevitable, una de esas cosas entre hermanos que surgían tarde o temprano.
Darlan abrió los ojos como platos cuando una figura apareció detrás de Darius. El niño se aferró a la pierna del mestizo como hacía siempre que conocía a alguien nuevo. No le quitó los ojos de encima a Cörel. Estaba tan concentrado en el grolien que ignoró por completo a Miriam, a quien sí conocía.
—Vaya —exclamó al tiempo que jalaba el pantalón de Darius. Sonrió maravillado y dijo—: ¡Es más grande que Vash!
—Sí. Es Cörel. Nos hicimos amigos mucho antes de que la guerra acabara. Se quedará un tiempo con nosotros, junto con Miriam. Salúdalos.
—Hola, señor —volvió a sonreír Darlan—. Hola, señora.
—Hola, señorito —respondió Cörel—. Esperamos no molestarte demasiado.
Darlan resultó un digno anfitrión y guio a sus huéspedes al salón principal para que comieran y se refrescaran, no sin antes prometerle a Darius que regresaría con él en poco tiempo.
Darius los vio avanzar por el pasillo.
—¿Estás bien, papá? —preguntó Zoe mientras llegaba junto a él.
Darius vio a Cörel. Y luego a Miriam, que avanzaba despacio y apoyada en el brazo del grolien.
Las uniones entre vanirianos y aesirianos eran todavía poco comunes y muchos las veían con desdén. Pero no solo esas uniones eran reconocidas por el gobierno aesiriano, sino que también apoyadas. Cuando la mujer quedaba embarazada recibía el amparo de la Compañía del Yggrdrasill, en especial si era aesiriana y el hombre grolien. Porque entonces las posibilidades de que engendrara un híbrido con cuernos eran más altas. Si las arpías solían morir al dar a luz a los grolien –miles de años de evolución todavía no habían reparado esa desventaja–, las mujeres aesirianas rara vez sobrevivían al parto.
Miriam estaba allí para recibir la ayuda de Connor. El doctor tenía proyectado llegar a la Capital a final de la semana, aunque Miriam bien podía entrar en labor esa misma noche. Darius la creía capaz de sobrevivir. Esperaba que fuera así. Miriam era hija de una mangodria y a lo mejor eso la ayudaría en el momento de dar a luz.
Los vio perderse en el pasillo, no sin ser incapaz de sentir un punzón de envidia y celos. Si él no hubiese tenido miedo hace tantos años ahora Miriam caminaría tomada del brazo de él. En verdad perdió su oportunidad.
Soltó un suspiro y asintió a Zoe.
—Sí, estoy bien.
La abrazó.
Todavía le quedaba mucho por aprender y superar, pero sabía que pronto todo estaría bien. Dentro de nada superaría a Miriam y podría alegrarse completa y honestamente por ella y Cörel. La verdad es que hacían muy buena pareja y Cörel nunca fue tan ciego ni tonto como Darius. La merecía más que el mestizo.
También se le ocurrió que al fin, después de cinco años de luto, podía empezar a superar a Sakti. Siempre la extrañaría. Siempre le dolería. Y siempre, todos los años en el aniversario de su muerte, la visitaría en la tumba de los Dragones en Palacio. Pero ya se creía listo para retomar su vida y expandirla más allá de Zoe y Darlan. Sería bueno, en especial para Zoe.
Bien sabía que él era la única razón por la que ella se quedaba en Masca. Para cuidarlo. Pero si Darius se independizaba ella también podría comenzar a vivir sin ataduras ni compromisos. Podría elegir su propio camino, como sus hermanos.
No podía imaginar qué habría sido de él si Zoe no hubiese estado allí cuando encontraron las habitaciones de Sakti vacías, sin indicios de ella o Jillian y Adad.
Zoe había perdido la precisión de profetisa luego de que la Profecía se cumpliera. Ya podía acercarse a perros y gatos sin que le gruñeran, y podía inclinarse sobre bebés sin que las criaturas chillaran a todo pulmón. Pero a cambio perdió gran parte de su intuición y de su habilidad para saberlo y entenderlo todo con una mirada.
Estuvo tan desesperada como él cuando no encontraron indicios de la princesa y cuando el Emperador mismo se unió a una partida de búsqueda por toda Masca para encontrar a los portadores. Al final no fue Zoe, sino Darius, quien adivinó el paradero de los tres.
Estaban cerca de la Muralla Este, a las faldas de una montaña. Era un sitio rural alejado del ajetreo de la ciudad.
Los oídos de Darius estaban sordos por los latidos del corazón. Aún después de cinco años recordaba la angustia, el miedo de saber que había llegado tarde y aun así guardar la esperanza de que lo lograría. Quería estar con su amiga cuando se fuera.
Llegó tarde. Los encontró abrazados, igual a como Drake los había hallado en lo alto de la torre deshecha de Tyr. Solo que ya no guardaban ni pizca de calor. Darius sintió el frío a unos pasos de ellos y se quedó allí plantado hasta cuando al fin a Kardan también se le ocurrió que Sakti iría a la tumba de Mark. Fue entonces cuando los carruajes y los soldados llegaron a recoger los cuerpos.
Sufrió mucho por Sakti. Incluso llegó a resentirla por haber preferido al final a Mark por encima de él. El mensajero no habría podido sostenerla de la mano como él sí. No habría podido abrazarla, ni hablarle, ni consolarla, ¡ni nada! Eran tareas imposibles para Mark porque era solo un saquito de huesos.
Pero, por increíble que fuera, Darius superó ese disgusto en el mismo funeral. Aunque toda Masca se vistió de luto, la ceremonia de despedida fue pequeña y privada. Muchos de los que debieron estar ahí –como los gemelos, Connor y quizá Drake– no pudieron llegar a tiempo. Pero tenían el consuelo de un buen último recuerdo de Sakti, de Adad y hasta de Jillian. Entonces Darius cayó en cuenta de que él también tenía un buen último momento con Sakti, porque habían intercambiado dos «Te quiero» y un par de sonrisas. Muchas personas se despedían con menos que eso.
Ella se había ido con el último recuerdo de Darius sonriente. No lo vio hecho un mar de lágrimas. No podía resentirla por eso. Al contrario, terminó agradeciéndoselo. Probablemente ser un desastre en los últimos momentos de su amiga habría sido de los más grandes remordimientos de Darius. En cambio, el acto de Sakti los libró a ambos de un error. Para cuando Kardan selló las tumbas de los Dragones –no sin antes meter un saquito de huesos recién exhumado para trasladarlo al último lecho con Sakti– ya Darius la había perdonado por morir.
Un sirviente apareció en el pasillo.
—El señorito pregunta si quiere pastel de arándano o de banano para la cena.
El sirviente apretaba una sonrisa traicionera en los labios. Había servido a Enlil mucho antes incluso de que Darius naciera y ahora encontraba consuelo en servir tanto al mestizo como a Darlan. Quizá, si Darius hubiese aceptado la herencia como primogénito de Enlil, no les caería bien a los residentes de la Mansión Tonare. Pero como la rechazó y además se entregaba como nadie en la crianza de Darlan, todos habían llegado a respetarle. Más porque era el único que le ponía freno a las imprudencias infantiles del señorito de la casa para guiarlo por el buen camino y convertirlo así en un hombre excepcional.
—El señorito comerá primero el tazón de verduras y carne que le toca. Después consideraremos el postre.
—¡Ah! —se quejó Zoe al tiempo que el sirviente sonreía y le daba la razón a Darius—. ¡El pastel de arándano sonaba bien para la comida!
—Claro, porque eres tan golosa como Darlan —replicó Darius. Tomó el brazo de Zoe y caminó con ella rumbo al salón principal.
Sabía que la noche terminaría con una feliz cena. Darlan todavía no había hecho las preguntas incómodas sobre Enlil que Darius ya estaba listo para responder, pero sí pedía historias. Casi todas se las contaba Zoe porque era la que mejor recordaba el pasado. La que mejor entendía. Quizá eso era lo que le quedó de sus poderes de pitonisa. Pero también preguntaba a los gemelos y a Drake cuando estaban de visita, y seguro que preguntaría también a Connor cuando el doctor regresara a Masca.
Esa noche le preguntaría a Cörel cómo era el País de Hielo antes de la guerra, cómo se veía el cielo antes de que las estelas de los Dragones lo pintaran, y le pediría también que le describiera qué era ver la luna entrar por un horizonte y salir por el otro. Aunque nació en la última noche de la época maldita, era un niño de la nueva era. La luna que alumbraba sus noches siempre se mantenía en lo alto del cielo. En ningún lugar del mundo cambiaba de posición. Aunque seguía los ciclos lunares de su predecesora, no se movía. Qué curioso era para Darlan –y para los otros niños y las muchas más niñas nacidas después de la Profecía– imaginar un mundo con una luna que se movía, aullaba y se teñía de carmín en las últimas noches de su existencia.
Seguro que era igual de raro a enterarse de que los Dragones que vigilaban el cielo nunca quisieron estar allí. Sería igual de extraño a conocer que los mesías que salvaron el mundo no vieron la luz de él sino hasta el final.
—Antes de que te cuente yo mi historia —escuchó Darius a Cörel mucho antes de llegar al salón principal— cuéntame tú por qué a los príncipes no se les incineró como a los otros héroes de la guerra.
—¿Es que no sabe eso, señor? —replicó la vocecita sabionda de Darlan—. Es porque los Dragones ya están en todo el mundo, cuidándonos desde las alturas. Pero los príncipes querían quedarse en su casa. Así se quedarían solamente con aquellos que de verdad querían.
Darius asintió. Sí, Sakti había pedido ser enterrada y no cremada porque sabía que a veces Darius necesitaría visitarla y encontrar consuelo en su silencio. Bien sabía ella que a Darius le tomaría un rato entender que ella nunca lo abandonaría porque él no podía perderla.
Ese era un hecho que ni la muerte podía cambiar.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2017-2018. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!